Más tarde que temprano la noche llega, todo se cubre de un frescor marinero que se agradece en los días de levante en calma. Las calles, no solo las del centro, se llenan de vida. Desde mi discreto mundo del centro, en ocasiones decido pasear bajo el espesor de la noche, y es entonces cuando me doy cuenta de que hay más Puerto que el centro. Mucho mas que la Ribera del rio del olvido. Hay mundos más allá de la arboleda perdida y su Puntilla. Sobra mundo después de Valdelagrana, más allá de Vistahermosa y aún, aún queda mundo descartando la lejana Fuentebravía.

Paseando, paseando bajo las estrellas controladas, uno se da cuenta de como la ciudad ha crecido, se da cuenta de que la gran avenida ya se queda más coqueta que grande, que los cientos de enclaves tienen lugares hermosos donde sentarse a disfrutar, cientos de terrazas que se reparten más allá de la Ribera.

Paseando me doy cuenta de que una vida sería corta, muy corta, para disfrutar de todo un Puerto. Y así, cuando llega la noche y todo se cubre de homogénea oscuridad, se vive y disfruta. De regreso al centro la delicada paz, perturbada por los sones del Soko, se mezclan con el bullicio de una ciudad que se niega a dormir, que olvida los tiempos vividos, que se aleja de un confinamiento, y que, a pesar de las agoreras predicciones, jamás cumplidas, de muertes entre los mas horribles dolores por la inconsciencia, lanza al cielo, cual graduación, las mascarillas, que se pierden en la noche.

Mientras, en cada punto, en cada barrio, en cada urbanización, en cada rincón de El Puerto, al cobijo de la oscuridad, miles de personas sonríen a la vida, miles de niños corretean como si no hubiera un mañana, todos apuran los momentos, queriendo recuperar los tiempos perdidos, los momentos no vividos. El Puerto, cuando llega la noche, se transforma abrazándose a la noche y brindando por un verano, que de seguro… será para recordar.

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