Algo parecido le decía el Sr. Koreander a Bastian en La Historia Interminable. Y así, provocaba en el chiquillo el deseo irrefrenable de sumergirse en la lectura de aquel libro prohibido. Sí. Sin duda, Michael Ende fue un visionario de lo que pasaría después, en estos tiempos de virtualidad absoluta, de influencers y mediocridad incrustada en las costumbres. Es difícil competir con la velocidad de la tecnología, con sus estímulos feroces. Y si le sumamos la permanente obligación de leer que se impone desde nuestro maltrecho y obsoleto sistema educativo, es lógico que a los niños y adolescentes les parezca eso de la lectura un hábito nauseabundo propio de frikis y gente muy aburrida que no tiene nada mejor que hacer con sus vidas que perderlas en silencio entre las páginas de un libro. Visto así, desde la perspectiva de cualquier vídeo de Camilo (no José Cela, precisamente) hasta tiene su lógica. Más aún, cuando se asocia cultura y lectura con señores bigotudos y graves, señoras cacatúas y pedestales. Casi todos los autores de las programaciones didácticas de Lengua Castellana y Literatura, están muertos desde hace siglos, o les queda un cuarto de hora. Que sí, los clásicos, ay los clásicos. Tan necesarios y tan maltratados. Vaya por delante mi respeto y mi pasión por la literatura en toda su dimensión, por deformación profesional, también. Pero hace unos días escuché algo muy sabio: ¿El niño no quiere leer? ¡Pues déjalo en paz!. A bote pronto puede parecer un exabrupto, un ir en contra de la corriente del cansino fomento de la lectura (sí, cansino) que año tras año parece revivir en los últimos días de abril con más fuerza. La lectura obligatoria es un error, y no da buenos resultados. ¿Y si prohibiéramos a los chavales acercarse a El Quijote? ¿Y si promoviéramos la lectura como si fuera algo perjudicial para ellos como el tabaco, las drogas o el trap? No sé. A los libros hay que llegar como se llega al amor, por instinto, pero tes nuestro deber acompañar, inducir, provocar. Jamás obligar. No siento cátedra, pero por experiencia docente, es obvio que hay algunas personas que no van a llegar a ser lectoras nunca, aunque les trepanemos sus cabecitas. Pero hay que cambiar el método y luchar a tope por salvar a las que sí. De eso sabe bien mi compañero, el profesor Miguel Sepúlveda, quien ha conseguido que Marcos Mauro, jugador del Cádiz CF recomiende leer a su alumnado en un vídeo hecho para la ocasión, por ejemplo. Hay métodos por doquier. Aunque yo creo que lo importante es, como con todo, transmitir entusiasmo. Y que leer, incluso a los clásicos más anacrónicos (y maravillosos) sea algo apetecible, que se antoje, un capricho prohibido, placer para las neuronas. Yo como siempre, uso lo que me funciona, me pondré muy antipática y muy Koreander, y les daré un par de títulos que, por supuesto, no son para ellos ni deberán leer jamás.

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