Análisis

Laurentina Gómez

Un laberinto en las alturas

Ayer salí de casa con ganas de pasear por mi calle. Iba admirando las fachadas de las grandes viviendas cargadas de Historia. Cuando caminas a diario, no reparas en ellas; no ves las elaboradas balconadas, sus amplios cierros ni sus detalles decorativos. También te encuentras con casas viejas, abandonadas y sucias; pero esas no las he venido a ver. Sigo buscando las de porte noble, de las muchas que hay en la ciudad. Eso sí; un día debes pasear por una acera y otro día, por la otra.

A la vuelta entro en casa porque tengo tareas domésticas pendientes, como tender la ropa que dejé lavando antes de salir. Decido subir a la azotea, que nunca uso, pero hoy hay sábanas que tender. Llevo mi cesta de ropa, subo en el ascensor y abro la oxidada puerta que da acceso a esa zona común del edificio y que chirría al ser empujada. Salgo y me quedo paralizada ante un paisaje deslumbrante. Es otro mundo, ¡por Dios!

¡Lo que es el sentido de la propiedad! ¿Pues no que ante tal impacto, me dejo invadir por una especie de enfado al comprobar que mi tendedero está ocupado? No lo he usado nunca y ahora voy y me siento fatal al ver aquellas extrañas toallas y ropa interior en mi cuerda. En fin, pongo la cesta en el suelo y busco a ver a quién robo su tendedero. Elijo uno alejado de la puerta y allí deposito mi cesta.

Ahora me dejo invadir por un mundo de azoteas que se despliega ante mí. Miro a lo lejos, miro hacia abajo y miro buscando edificios que me ubiquen en este maremagnum de espacios geométricos. Lo primero que me llama la atención es el río, las salinas y el mar. A lo lejos se ve la silueta del gran macizo montañoso de la provincia, y más cerca, Medina. El día es claro, sin bruma, y eso hace que se localice con claridad esa preciosa lejanía.

Doy media vuelta y me enfrento a los principales edificios que me miran descaradamente: el Castillo, la Iglesia Mayor y las torres miradores. Todo lo demás es un inmenso mar de azoteas como la mía. No se ve suelo, sólo estas cuadrículas unidas unas a otras formando una red interminable, rota de vez en cuando por varios testigos verdes, impresionantes, -las araucarias- que sobresalen como aquel ciprés de Silos: "Enhiesto surtidor de sombra y sueño que acongojas el cielo con tu lanza", como nos dice Gerardo Diego.

Me quedo un rato largo saboreando este mundo que no se adivina cuando vas de peatón y me prometo volver para intentar adivinar el nombre de las calles.

Debe ser divertido y difícil. Pero he descubierto un mundo que merece ser vivido y degustado sin prisas, dejándome llevar por la emoción y la ilusión de verme en este mismo lugar en los años en que la ciudad disfrutó de su esplendor, con su comercio de ultramar, sus barcos subiendo por el río y el bullicio de sus gentes.

Tiendo la ropa en el tendedero prestado, cojo mi cesta y ahora bajo por las escaleras intentando adaptar mis retinas a la oscuridad, después de haber estado expuestas a la blancura inmensa de las azoteas.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios