Me gustan las plazas con estatuas. Quizá venga de mi aún conservado espíritu infantil que vive en sus recuerdos de correteos alrededor de alguna de ellas. La de Varela en la Plaza del Rey forma parte de ese mundo inocente, a través de cuyos ojos aquello de allí arriba solo era un hombre a caballo, con todo lo que eso puede significar para un niño. "¿Quién es ese?" pregunté yo un día, y mi padre me respondió: "Varela". Pero no recuerdo si me dijo que era un héroe o un villano. Tampoco es que se permitiera opinar sobre eso en aquella época.

Creciendo, pude comprender que se le consideraba más bien un gran héroe, digno de que sus hazañas fueran recordadas. Crecí un poco más y aprendí que tales hazañas se habían logrado a base de destruir vidas y algunas cosas más. Vamos, lo que provoca la guerra. Es más, también supe que el héroe fue uno de los provocadores de esa guerra y que el monumento lo habían levantado los ganadores sobre el recuerdo y el dolor de los perdedores. Y me convencí de que los perdedores eran los buenos. "Fratricida" se le ha llamado a aquella contienda que tuve la suerte de no vivir, pero lo que es seguro es que quienes empezaron esa sangría y mantuvieron sus efectos durante décadas, no albergaban unos sentimientos muy fraternales.

La estatua de Varela sigue ahí, ajena a todo lo que aprendí en mi vida, por supuesto, y a todo lo que ha podido saber, aprender, discutir y protestar todo el mundo después de tantos años de libertad. Con la misma cara y el mismo dedo imperativo señalando a quién sabe dónde. Es cierto que de niño me gustaba, pero qué quieren: inevitablemente hemos crecido y comido más de un fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Y es justo que nos preguntemos si esa figura ecuestre en pose imperial merece seguir dando sombra protectora a los niños.

Yo ya tengo mi respuesta.

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