Como a estas alturas ya ni se sabe quién es bueno ni quién es malo, en el supuesto de que esta división exista, no es de extrañar que hoy, en el mejor de los casos, el análisis de las circunstancias en las que vivimos se resuma con un depende o se salde con eufemismos para tapar todos los chanchullos que se ven a diario. Lo cual no nos ahorra del ataque de nervios cuando algún mamandurrio descarado o su manada de borregos sin esquilar defiende al sujeto o sujeta que se esconde detrás de su careta ideológica condicionada y adaptada a sus intereses personales. "Vayan días y vengan ollas".

Y lo que es la vida, curioseando, me topo con la madre de todas las ideologías y veo con sorpresa que se llama ¡demagogia!: "Empleo de halagos, falsas promesas difíciles de cumplir para convencer al pueblo y convertirlo en instrumento de la propia ambición política". ¡Qué canalla es el diccionario, con él si que se debiera practicar la eutanasia! Por cierto, otro concepto que, bien definido, significa lo siguiente: "Principio totalitario de que el Estado es supremo y que el individuo no tiene derecho a vivir si su permanencia en la vida es una carga u obstáculo para ese Estado".

¡Ni se le ocurra argumentar en contra! No caiga en la tentación de decir que con la mitad del presupuesto dedicado a alimentar políticos inútiles y a todo su aparato, bastaría para aumentar el dedicado a cuidados paliativos, única forma de tratar con piedad a todos los enfermos terminales y que serviría, además, para que la eutanasia no fuera la última manera de despreciar a los que están en semejante situación. Pero ahí tenemos la Ley, aprobada por la inmensa mayoría de buitres sentados en escaños gracias a los impuestos de todos, incluidos los de agonizantes de larga duración.

Pero, insisto: usted no puede hacer demagogia ni poner en duda el recto proceder de los que dicen representarnos. ¿Queda políticamente correcto decirlo así? Naturalmente, si nadie ha contradicho al dueto tragicómico CC (Calvo-Celáa) cuando dijeron que los hijos son del Estado y de ahí la nueva Ley de Educación, ¿vamos a preocuparnos por los que se resisten al carné de identidad de mármol?

Soy consciente de que cometo un error al indicar de dónde se podría sacar el dinero para sufragar muertes dignas; es entrar en arbitrariedades sobre derechos y obligaciones y un servidor a lo más que llega es a observar los perjuicios que una casta infringe a la sociedad que les paga para que hagan lo contrario, aunque la casta crea que se les concede impunidad para que adquieran el derecho de ascender de estatus a base de casoplones, mariscadas, putiplistas… ¿Que no todos son de esa condición? ¡Estaría bueno! Pero los que están en la manteca saben de qué va la cosa, conocen con nombres y apellidos a los sinvergüenzas y si guardan silencio son, al menos, cómplices.

Por eso, en conciencia, no debería llamarse política a lo que sólo es especulación. 

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