Se cumple un año de nuestra otra vida. Recuerdo mi último domingo “de los de antes”, en el Carnaval de los Jartibles, risas sin mascarillas, bullas, más de cuatro amigos. Ya no besaba a quienes me encontraba, bromeaba con el gesto de chocar los codos, y poco más. Qué ignorantes éramos, pero nadie nos culpó por ello.

Ese mismo día participé, un rato antes, en la manifestación de Cádiz por el 8 de marzo. Estuve con las mismas personas, me comporté igual, pero quienes estuvimos allí cargamos desde entonces con el peso de la culpa, como si tuviéramos que expiar los pecados de todo un país.

Un año después, nuestra penitencia sigue vigente. El movimiento feminista sigue soportando las acusaciones de entonces y suma otras por anticipación, porque a tenor de algunas opiniones parece que ya somos culpables de la cuarta ola. Para curarse en salud, el Gobierno ha prohibido cualquier evento reivindicativo por el Día de la Mujer en Madrid, mientras que el PP solicita que esta medida se extienda a todas las Comunidades Autónomas. Se supone que por criterios sanitarios; aunque lo cierto es que, si se prohíben todos los actos, independientemente del tipo de concentración, de la afluencia prevista, del espacio o de las acciones preventivas propuestas, el único criterio que se está teniendo en cuenta es su causa: nada de cosas feministas.

Si quieren prohibir las manifestaciones del 8M, vale, pero que no me cuenten milongas. Se han permitido reivindicaciones de todo tipo de colectivos que, la mayoría, han actuado responsablemente. Se han permitido incluso concentraciones de quienes, al menos de entrada, podrían parecer más propensos a infringir las normas anti COVID. ¿Son más peligrosas las de ‘fuera el patriarcado’ que los de ‘fuera las mascarillas?

Nos dicen que es mejor para el feminismo, que así no nos pueden culpar de nada, que si luego suben los contagios, aunque no tenga nada que ver con esto, nos iban a señalar aunque no hubiera relación, que mejor no alimentar los argumentos falaces de quienes siguen siendo unos rancios.

Y esperan de nosotras que otra vez nos resignemos, que decidamos no hacer mucho ruido a ver si vamos a despertar enemistades, que volvamos a reducir el volumen de nuestras demandas, para no molestar mucho. Que podemos pedir, pero sin incomodar.

A este ritmo, nos quedan siglos dando la vara. Luego dirán que somos unas jartibles.

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