Unos iluminados

Y lo malo es que la jugada es perfecta. El Gobierno ha quitado el estado de alarma al tiempo que pone la tarifa más barata el fin de semana, para que nos quedemos en casa planchando y limpiando, consumiendo kilovatios a porrillo

Estoy muy loco, lo sé. Pero loco de manicomio chungo para pobres, no como el que pinta Mónica Rouanet en su última novela, sino en otro estilo Arkham, ¿saben a cuál me refiero? El que contenía a los supervillanos de Gotham City, el reino de Batman. Y yo antes no era así. Me levantaba, me duchaba -eso sí era un indicio de la locura por venir, que lo hacía por la mañana-, desayunaba lo que me decía Pablo Carrasco, mi dietista predilecto y amigo, y me enfundaba el uniforme de abogado dispuesto a desfacer entuertos y luchar contra las injusticias muchas que sobrevuelan por el mundo. Pero ahora no puedo. ¿La culpa? Yo ya no sé de quién es la culpa de mi locura.

Posiblemente sea de FACUA o de cualquiera organización de consumidores plegada ante el poder político, o del capitalismo, o del rey de Marruecos, no sé. El trastorno supera lo adaptativo y llega ya a ser enraizado hasta el punto de que mi psicóloga de cabecera, Nazaret Martínez Mollinedo, me está haciendo ya hueco en su consulta porque mi majarancia se está consolidando hasta niveles disruptivos.

Soy un luchador energético, pero no como Fermín Cacho o Miguel Induráin; no desayuno, almuerzo y ceno con Monster ni toco la batería de un grupo infravalorado. Mi lucha es contra el poder establecido. Me veo como ese Lucifer de serie basada en cómic. Un iconoclasta de tres al cuarto, enfundado en un buen traje de Armani, exhibiendo una sonrisa profident... a altas horas de la noche.

Efectivamente, el tema es el esperado. Estoy muy loco, loco de verdad. Tanto que pongo el lavavajillas al medio día, plancho mis camisas con las que pueden erigirse decenas de tiendas de campaña en el Sáhara Occidental, que utilizo -no me lo tengan en cuenta, aún no me han prescrito medicación- la lavadora... ¡y después la secadora! Lo sé, lo sé. No tengo remedio. Y eso de cargar los móviles por la madrugada no es para mí. Dejar el IPhone en la mesilla de noche con el cargador en el enchufe causa insomnio. A mí, por lo menos. Me desvela como si tuviera un recién nacido hambriento y con tos en una cuna a mi lado. Deben ser las ondas cortas, o las herzianas, el cincogé, el parpadeo estroboscópico o el miedo a que llame mi suegra, a saber. Pero con el móvil al lado duermo menos aún de lo normal. Mi salud se está resintiendo. He despedido a mis trabajadores para que no usen el ordenador en hora punta. Y se acerca el verano. El caluroso período estival. Y miro los aires acondicionados. Y ellos me miran a mí, sonriendo, a veinticuatro grados. Y lo malo es que la jugada es perfecta. El Gobierno ha quitado el estado de alarma al tiempo que pone la tarifa más barata el fin de semana, para que nos quedemos en casa planchando y limpiando, consumiendo kilovatios a porrillo.

Mentes preclaras, cráneos privilegiados. Puedo verlo, pese a mi locura. Son nuestros gobernantes los que predican con el ejemplo. Son unos iluminados.

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