Hace ya algún tiempo escribí sobre la chumbera, la cochinilla roja, y el daño que a veces se causa sin culpa ni razón. En aquel entonces ver las lindes muertas, sembradas de esos cactus agonizantes, ver el recuerdo de mi infancia a punto de desaparecer me causó inquietud y desazón.

La culpa no era de ningún político, era una simple plaga de cochinillas, y curiosamente, ni siquiera los que luchan por la dignidad del mosquito de río en su hábitat mojonil se interesaban por ella, quizás porque no les daba ningún redito político, y es que lo verde a veces tiene un color muy decantado, aunque se alegue la coletilla de especie invasora no autóctona.

A pesar de ello este fin de semana, y sin que pudiere dar una explicación medianamente coherente, mi copiloto me alertó de su recuperación, me hizo fijarme en el esplendor. Y era verdad, el brillante verde preñado de higos inundaba la linde de las carreteras. Excepto alguna envejecida y decrépita, el resto resplandecían lozanas y hermosas, crueles, como siempre, al acecho del incauto para vacunarle contra la imprudencia, pero protegiendo su fruto como siempre.

Curioso como las mismas daban cobijo a cañizos, que no se si serán autóctonos o no, acogiendo a las largas y espigadas varas que diestramente preparadas servían para atesorar los chumbos sin pincharse, claro ejemplo de cómo la sabia naturaleza no solo sabia defenderse, sino que para un ojo noble e inocente le daba respuestas y soluciones.

Maravillado contemplé la lección que nos daba el campo, el cual en muchas ocasiones agradece el desprecio y el olvido, agradece la paz de los que incluso dicen que no merecen nuestra intervención por no ser plantas autóctonas, lo cual, en esta ocasión, les ha salvado de la desaparición, porque no me cabe la menor duda de que si hubiéramos abierto la lucha para salvar la chumbera, hoy, hoy, estoy seguro que no quedaban ni las púas.

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