Siempre le hemos dado superpoderes porque eran capaces de protegernos de todo lo malo que nos rodeaba y porque sabían meterse en nuestras cabezas para comprendernos y dirigirnos por la vida. No estaban hipermusculados, ni tenían capa ni antifaz pero sobre sus espaldas caía todo el peso de nuestra existencia y, a base de sacrificios y de bondad, pensaban más en nosotros que en ellos. Cuando la ley de vida hace que las montañas empiecen a nevarse, vemos la fragilidad que provoca el paso del tiempo. La criptonita comienza a hacer mella en su cuerpo y en sus facultades. Es el momento en el que sabemos que ya no tienen esos superpoderes y cuando intercambiamos los papeles en la vida. Sabemos que son humanos y mortales y, por lo tanto, cada minuto, cada segundo, al lado de ellos es oro molido para que no nos arrepintamos cuando no tenga remedio.

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