Análisis

Paco Carrillo

Las herencias recibidas

Si las encuestas fueran artículos de fe y no potajes sui generis al servicio de quiénes las pagan, quizá arrojarían alguna una luz sobre las verdades ocultas en el devenir diario, por ejemplo que la mayoría de los españoles de segunda división estamos hasta los cataplines del 'procés', del Fugitivo, de los catalanes que no quieren la independencia sino vivir del independentismo y, en general, de toda esa mangla de fulanos y de fulanas empeñados en faltarle el respeto a los que pagan todas las facturas. ¡Joder con este valle de lágrimas!

Criticar los sueldos y las bicocas que se llevan por la cara y compararlo con el fracaso de sus gestiones, mientras crecen las incertidumbres con el futuro de las pensiones, con el pecado mortal de lo poco que se invierte en Educación, en Sanidad, en Investigación, y que estas inquietudes del populacho, que debieran servirles de alerta, las bauticen como demagogia plebeya, ese arma inútil que tiene el pueblo para combatir la ambición política, señalar sus fracasos e insistir en que la culpa recae exclusivamente en la derecha ultracapitalista, ¡como si la izquierda pudiera librarse de la globalización, de las tiranías del capital que mueve el mundo! Da que pensar que, acaso, el error de base radica en seguir creyendo en los redentores de patrias.

Hasta no hace mucho, el labriego chino, analfabeto integral, creía que el bienestar de su vida dependía de las "virtudes privadas" que tuviese a bien poseer el emperador. Occidentalizada la creencia, podría resumirse diciendo que el bienestar de todos radica en los valores morales e intelectuales de los que manejan el cotarro y en las herencias recibidas. Claro, y así nos va. No sé si queda claro que no suelo aventurar soluciones a las tragedias que nos proporcionan los políticos que ¿elegimos? -y dos huevos duros-; en realidad no paso de señalar la indefensión de los desengañados -inmensa mayoría- ante los abusos de los instalados en el momio, sean del color que sean, porque todos, sobre el pretexto de suministrar bienestar, se aseguran un lugar en el sol que más caliente que, por desgracia, solo está personalizado en el dinero, perdón, quise decir en el Poder, aunque este se consiga por casualidad o de forma efímera y oportunista, sin más mérito que estar en las listas de espera, sin otro objetivo que perpetuarse hasta que el ridículo, por la falta de preparación y/o de talento, lo condene al desprecio de todos y, en el mejor de los casos, al olvido.

Claro que para llegar hasta esta situación no hace falta remontarse a las alturas, basta con asomarse a la calle que se pisa a diario, a los lazaretos domésticos creados para satisfacer vanidades, ya sean políticas, culturales, profesionales o, en general, por la estupidez de defender lo que no pasa de ser cacareos de corral, con la vanidad de creer que forman parte de un coro sinfónico.

Si Buero Vallejo viviera hoy, no habría tenido que inspirarse en el París de 1771 para escribir su "Concierto de San Ovidio", le hubiera bastado con ver un telediario y haber contrastado las herencias recibidas.

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