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Análisis

PANDEMIA Manuel barea 59

Como ganado en el avión

érase una vez en que la zona de embarque de los aeropuertos adoptaron la forma de una planta procesadora de ganado. La transformación se sitúa más o menos a comienzos de siglo, quizás en el segundo año, pocos meses después de unos horribles atentados, cuando unos terroristas fanáticos secuestraron dos aviones y los estrellaron con todo el pasaje dentro contra dos rascacielos muy famosos de Manhattan, en el corazón financiero de Nueva York, la capital del mundo. Todo el planeta entró en shock, aunque algunos se alegraron por el ataque y dieron vivas a su cerebro e inductor, un tipo siniestro llamado Ben Laden. Este personaje sería apiolado unos cuantos años después por un comando especial de los Estados Unidos, que ya estaba presidido por un presidente negro, Barack Obama. Hay una película sobre el asunto, La noche más oscura. Sobrecogedora.

A pesar del trauma, o quizás para superarlo, una vez disipadas las cenizas de aquella hecatombe, el mundo se puso a viajar a lo bestia. Precisamente, Nueva York seguía siendo uno de los destinos favoritos. Todo el mundo quería ver con sus propios ojos, a pie de calles y de avenidas numeradas, lo que estaba harto de ver en películas y documentales: que NY existe de verdad y no es un decorado de cartón piedra. Ahora es, como todas las grandes ciudades, un parque temático.

Había que coger aviones para llegar hasta allí, pero después de la destrucción de aquellas dos torres todos los pasajeros eran sospechosos de ser terroristas, niños incluidos. Uno podría no serlo, pero el de al lado sí. O eso pensaron las autoridades estadounidenses y con ellas el resto de los gobiernos. Así que convirtieron los aeropuertos, a los que había que ir para coger el avión que te llevaba a Nueva York (o a cualquier otra parte del mundo, incluso a cualquier otra parte de tu país), en plantas procesadoras de ganado. Con la diferencia de que las hileras no eran de vacas ni de cerdos ni de ovejas, sino de personas. Las encajonaban entre cintas, apretujadas, muy juntas, y a toda prisa. Si alguna se quedaba parada y no seguía el ritmo era increpada, podía recibir un grito que la sacara de su bovina ensoñación. A continuación eran recluidas en una sala y al rato conducidas por un tubo que acababa en el avión. Y empezaba el transporte.

Esto se fue multiplicando con el paso de los años. El cielo, tan inmenso, daba para ser cruzado con cuantas autopistas aéreas se desearan. Y emergió un negocio rentabilísimo. Los aviones salían de una punta a otra del planeta bien cargados, sus cabinas de pasajeros empezaron a parecer latas de anchoas. Surgió un término. Globalización. Que también se multiplicó por nosecuántos. Alguien le puso a ese término el prefijo hiper. La caja registradora no paraba de sonar. Un día se oyó una tos seca al fondo de un avión. Nada que una amable azafata no pudiera arreglar con un vaso de agua.

Y así las aerolíneas siguen cargando sus aviones hasta las trancas. Como si fuera ganado.

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