No sé qué decirle a mi hija de ocho años cuando me pregunta por qué tanta violencia y fuego en las calles. Lo ha visto y lo intuye, aunque procuremos en casa no encender la televisión cuando almorzamos en familia. No sé qué contarle ni cómo explicar nada. A mis alumnos tampoco sé qué argumentarles, o cómo hablar de lo que pasa en el país y en el mundo, de manera aséptica. No soy capaz. Así que procuro ser egoísta y abstraerme. Y a otra cosa. Es reprochable, lo sé, y aún más cuando expreso mi hartazgo en público y me refugio en la excusa (que no lo es) de que no tengo tiempo para intentar entender. Pero leo sin parar y me emboto los sentidos intentando buscar respuestas. Aún estoy lejos de hallar soluciones, estrategias imaginarias. Entonces me supera el miedo a que todo se convierta más pronto que tarde en una escombrera. Y sí, perdonen ustedes. Huyo de la realidad como medida de higiene mental, e ignoro el ruido de los esquemas e ideales cayéndonos cerca, alrededor, hechos cascotes. ¿Qué puedo hacer yo? ¿Qué podemos hacer nosotros? Me quedo en blanco, impotente, y me esfuerzo en disimular mi perplejidad. Por si fuera poco, es terriblemente difícil mantener la sonrisa y criar a los hijos de forma equilibrada en la zona cero de la crisis climática mundial. Lo que oyen. O quizás ya lo saben. Estamos en todo el meollo y los cuatro jinetes del Apocalipsis se van a dejar ver en breve sobre motos acuáticas a la altura de Sabinillas. Ya han hecho de las suyas en Lampedusa, y les llenamos el combustible.

Me pierdo entre noticias catastrofistas. Datos de lo que podría hacerse y no se hace. El horror. Culpabilidad infinita. Y cada vez mi existencia más diminuta, de insecto, de ser mínimo, de bacteria microscópica sin ninguna voluntad. Como la existencia de todos los que avasallan al prójimo por jirón propio de un planeta enfermo. Y en clase vemos el sistema solar. Pienso en Cataluña y esbozo una sonrisa. Traslación. Rotación. La vía Láctea. Como digo más arriba, me callo, y no les digo que el ser humano, incluidos nosotros, profesora y alumnos, madre e hijos, somos víctimas de la estupidez. Ningún ser es tan autodestructivo.

No quiero que en casa se encienda la televisión cuando estamos en familia. Es nuestra muralla defensiva en altura ante el tsunami de calor que acecha detrás de las ventanas. Mi hija y mis alumnos me preguntan sobre lo que ven, sobre lo que oyen, Y empiezo a oler el miedo como hilo aún casi imperceptible, como ramas quemadas a lo lejos, pero que ya mancha el aire. Y explico el sistema solar y las capas de la Tierra. El clima, y saben localizar su sitio, su país con los ojos cerrados. Sueño con contribuir a que conozcan y amen el mapa desplegado, al completo. El mapa del mundo, antes de que se acabe.

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