Una reunión de gente para celebrar algo es una fiesta. El día que se señala en rojo en los almanaques porque no se trabaja, también lo es. Las fiestas son actos organizados para el disfrute de una colectividad, en la que nos reconocemos como iguales a pesar de nuestras diferencias. La fiesta no nos deja olvidar. Tampoco nos deja morir. Permite ordenar el mundo dándole un ritmo que al repetirse se vuelve sagrado. El aire de fiesta es especial pues altera lo cotidiano para hacernos regresar a tiempos pasados que determinan lo que está por llegar.

En donde yo estoy la fiesta no necesita grandes razones para darse. Siempre hay motivos por los que celebrar. La fiesta aquí reúne: a la familia, a los amigos, a los vecinos, a los que acaban de llegar y también a los enemigos. La fiesta es a través de esa memoria viva que recrea historias haciéndolas nuevas cada vez. Es retomar todo eso que nos sigue construyendo. Y las casas se engalanan, siempre faltan sillas. Las caras también, con brillos que duran para siempre. Esta fiesta guarda la incertidumbre de lo que no se puede controlar y queda en manos de Dios. Entonces el lenguaje se libera de ciertas reglas formales para alejarse de lo correcto y dar paso al cuerpo, que se mueve con cadencia y al compás, que no llega a tiempo a la medida, para que ambos se apoderen de la reunión.

De donde yo vengo la fiesta no se la espera, sino que se busca hasta encontrarla. Si hace falta, se inventa. Por eso, como el arte, se apodera de uno, hasta hacerte distinto. Esta fiesta nos hace originales amarrándonos a raíces profundas que creíamos haber olvidado pero que cuelgan entre los arcos humildes de patios soleados. La fiesta desempolva recuerdos. El espíritu de lo que somos se hace presente, se manifiesta con colores y fantasía y coplas y llantos. Huele a vino derramado. Aquí la tradición pesa. Y ese conflicto vivo permite hacer evidente la libertad que regala el tiempo de la fiesta. Por eso es tan importante estar presentes en esos momentos de conmemoración, porque nos dan la posibilidad de dar sentido a todo lo demás.

Este tiempo finito e intenso que es la fiesta conforma un límite en nuestra existencia. Por ella tenemos la suerte de volvernos contemporáneos de los orígenes, mientras vamos transformando nuestro entorno presente. Celebremos entonces sin temores, pero con hondura y seriedad lo que la fiesta encierra.

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