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Análisis

virginia león

Si los fenicios levantaran la cabeza

Casi tres mil años de historia han hecho falta para hacer de esta tierra un oasis patrimonial. Empezaron los fenicios y le siguieron todas y cada una de las civilizaciones que se enamoraron de la ubicación estratégica de esta tierra, legándonos un amor eterno grabado en piedras. Una herencia convertida hoy en un arma de doble filo, el del gran motor de desarrollo sostenible que proclaman nuestros políticos en las tribunas y los fitures, y el de la inversión en firme que es necesaria para perpertuarlo por los siglos de los siglos. Porque para conservar el patrimonio hay que creer en él. Hay que invertir y no parchear y de paso cobrar. ¿Por qué no? ¿qué es eso de servir todo nuestro patrimonio gratis? Si es que Cádiz está dibujada de maravillas centenarias de esas que en cualquier otro lugar del mundo serían una mina. Más si cabe, cuando no hay dinero, cuando todo se supedita al esperanzador mundo de las ITI, cuando el impresionante sistema amurallado que marca nuestra silueta se nos cae a pedazos; cuando el impresionante Castillo de San Sebastián se arruina en el mismo marco idílico donde rezaban los fenicios; cuando la Factoría de Salazones o los Columbarios romanos cierran porque no hay personal que abran sus puertas; cuando nuestro Museo Provincial de Cádiz suma más de una década a la espera de una ampliación sin que sus dirigentes alcen la voz; cuando nuestros yacimientos arqueológicos no tienen ni planes directores; cuando el arte rupestre cae irremediablemente en manos de los vándalos; cuando nuestros BIC no son protegidos por sus propietarios, pero tampoco defendidos con las armas que existen para ello...cuando no hay dinero, dicen. Así que cuando miro de reojo las artes con que otras provincias hermanas como Málaga y Jaén, que con mucho menos patrimonio han sabido atraer la inversión para sus flamantes museos, no me queda más remedio que pensar que realmente no heredamos todo cuanto creemos de los fenicios. Nos dejaron su legado en piedra, arena y metal, pero muy poco de sus finas dotes para el negocio. Qué pensarían si nos vieran desaprovechar la única vía comercial que prácticamente nos queda: el patrimonio.

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