La verdad es que lo que llaman nueva normalidad es una anomalía integral y sin condiciones. Si tienes un problema serio y lo pones en las manos de los políticos es que no es tan serio, porque, entonces, entre comisiones, leyes, decretos y añado panfletos, la situación pasa por el más allá, que es la muerte de todo proyecto en las manos de ellos. Los toros. Ahora que en manos de políticos parece que están en las últimas, alguna vez vamos a la Ruta del Toro, que para servidor tiene el centro en Medina Sidonia, de donde son oriundos mis nietos Darío y Mario y donde le tengo devoción al matador de toros, mi torero, Antonio Fernández y sobre todo mi compañero Mané García Ramos, bondad personificada, vestido de policía. Paramos casi siempre en el Ventorrillo del Carbón, por culpa de mi nostalgia cabrona que echa de menos aquellos carteles de toros, aquellas fotos, que ahora el actual dueño del ventorrillo Chano y se excelente esposa han recuperado de cara a mi nostalgia. (Iba allí con Arrocha Chamaqui, el vidi, y allí desarrollé la novela Carne para la Gloria, en los tentaderos en casa de Dª Paloma Eulate, cuando Fermín Bohórquez era un muchacho y nosotros hacíamos la tapia.

Pues con mi íntimo dr. José Chamorro, ilustrado admirado, Luis Villanego, publicista e íntimo y mi dermatólogo de amistad Joaquín Calap y señora, estuvimos el otro día degustando morcillas y butifarras al Pedro Jíménez, mollejas a la plancha, atún al horno y cómo no, huevos con patatas y jamón con buenos vinos de acompañantes. Y quiso la casualidad que llegase D. Fermín Bohorquez Domecq, rejoneador muy de mis clásicos, junto con Álvaro Amores y distintas personas de su familiaridad.

La diferencia entre esa tertulia y las demás taurinas, es que no critican ni insultan, clase es clase, a ninguno de los que oprimen la fiesta, políticos o antis, y el respeto profundo que sienten por el toro. D. Fermín es uno de los ganaderos de bravo que vende más corridas para rejones y casi para lidia a pie. Pero lo que destaca es su humanidad, su clase, su educación. Por eso se estableció una tertulia amable e intensa. Por eso el doctor Chamorro va a ser invitado a compartir esos momentos, la comida es como la misa, un acto íntimo, en otras varias ocasiones con otros matadores de toros.

Yo me alegro. Vivo íntimamente una afición que comencé en el matadero con once años y que todavía está viva y vivirá más allá de mi muerte.

Esos momentos. Esos instantes con personas de una gran categoría personal y humana engrandecen la vida. Una vida donde el toro es el señor de estas tierras, donde su ruta es admirativa y las personas son raíces de una tierra profunda y sincera, donde la verdad que es grande, permanecerá cuando a nadie le importe si permanece o no, porque eso es grandeza.

Como Antonio Fernández, Chano, el Carbón, Calap, Chamorro, Villanego, la Sala Fermín Bohorquez o la José Tomás, y los aquellos eucaliptos de mi aquella novela, abrazando sus ramas en el viejo horizonte.

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