Dicen que la cara es el espejo del alma, y la reaparición pública de Charlene de Mónaco hace una semana, tras 15 meses de retirada de sus compromisos oficiales, lo deja claro. La esposa de Alberto II de Mónaco no puede esconder, ni con nuevo corte de pelo, ni con su sobrio look, ni con todo el maquillaje del mundo, la inmensa tristeza que la inunda. Siempre ha sido la 'princesa triste' y ahora, más que nunca, está haciendo gala de este título.

La grave infección otorrinolaringológica que la mantuvo alejada de su familia, y de sus deberes oficiales, en Sudáfrica durante más de un año, ha hecho mella en la ex nadadora. Después de su regreso al Principado el pasado noviembre, necesitó casi otro medio año para incorporarse a su puesto en el clan Grimaldi. Ya lo ha hecho, por fin, pero todo apunta a que no durará demasiado en su papel de primera dama monegasca, a juzgar por los gestos de incomodidad y pena que exhibió en su esperada reaparición.

Si no está recuperada del todo, ¿por qué ha vuelto entonces? Una amiga personal de Alberto II, Vera Dillier, ha dado las claves hace unos días de la situación del primer matrimonio de Mónaco. Esta mujer sostiene que la pareja está separada, pero han llegado al acuerdo de que Charlene viva en Roc Agel, en la finca Grimaldi en la Costa Azul -que está cerca del Principado-, lo que le permite ver a sus hijos con frecuencia.

Dillier señala que "a esos niveles, no te divorcias. Solo hay unas pocas excepciones, como el príncipe Carlos con Diana. Y si miras fotos recientes de Charlene, es evidente que no está bien". Es más, afirma que el matrimonio nunca ha vivido un gran amor, más bien una relación de conveniencia, de modo que seguir manteniendo las apariencias no supondrá un cambio sustancial en sus vidas.

¿A qué se debe entonces la tristeza de Charlene? Sus hijos, los mellizos Jacques y Gabriella, son a buen seguro el objeto de sus desvelos. Los niños han vivido siempre, y así tendrá que seguir siempre, con su padre, en el Palacio Grimaldi. Hasta en el acuerdo prenupcial que firmaron Alberto y Charlene se contempla bien claro que, en caso de separación, los hijos se quedarían con el padre. Incluso si ella entablara una batalla judicial, tendría todas las que de perder. Así que la princesa habría decidido no divorciarse oficialmente para no perder la custodia de sus hijos, algo que no podría soportar. El precio es mantener la imagen pública de que ella y el príncipe Alberto siguen siendo pareja. Pero a Charlene, poco dada a las sonrisas y muestras de efusividad, este paripé se le está haciendo, a todas luces, cuesta arriba.

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