Análisis

Guillermo Alonso Del Real

Ser español

Por eso resulta tan ridículo aquello del 'día de la raza', que se inventó el franquismo

Me gusta ser español. Eso no quiere decir que me enorgullezca ser español, porque sería una tontería similar a sentirme orgulloso por calzar el cuarenta y cuatro de zapato, o enorgullecerme de no usar gafas. Son circunstancias completamente ajenas a mi elección, fortuitas del todo.

Para ser español tampoco se necesita lucir una banderita en la correa del reloj, o ponerse esa misma banderita en la mascarilla contra el virus. Basta con haber nacido en España, o haber adquirido la nacionalidad por un procedimiento o por otro.

Por eso me asombran tanto los alardes de españolidad que realizan algunos compatriotas nuestros, políticos en especial. No sé si los ucranianos se sentirán orgullosos de serlo, o si los vietnamitas se dedicarán a sollozar de emoción cuando vean ondear su bandera. Con o sin alardes patrióticos, les toca ser ucranianos o vietnamitas por narices, les guste o no les guste.

Decía don Pepe Ortega y Gasset: "yo soy yo y mi circunstancia". En realidad lo que sucede es que nuestra circunstancia configura en gran medida el yo, la personalidad, de modo que el haber nacido en España determina bastante mi modo de ser y de comportarme.

Pues, a lo que íbamos: me gusta ser español porque me gusta vivir en España más que en otro país cualquiera de los que he ido conociendo, y he conocido unos pocos. De vez en cuando me da por pensar en cuáles de ellos podría vivir a gusto y en cuáles no. Sin entrar en detalles, no me desagradaría vivir en ciertos países de América Latina, como, por ejemplo, Costa Rica, Argentina, Bolivia o México.

En otros, pues creo que no me apetece vivir: ni Honduras ni Brasil ni Venezuela, dicho sea con todo el respeto por estas naciones. Tampoco me gustaría vivir en los Estados Unidos de América, aunque admire mucha de su literatura: John Dos Passos, Steinbeck, Walt Whitman… Y mucho de su cine: John Ford, Woody Allen, Stanley Kubrick. Sobre todo no me gustaría bajo la égida del indecoroso señor Trump. Desde luego, me ha gustado mucho vivir en Marruecos.

Hechas estas puntualizaciones, afirmo que donde más me gusta vivir es en España por multitud de razones. Así al pronto, me siento a mis anchas con nuestros disparatados horarios de comidas, que difieren bastante de cualesquiera otros. Lo de desayunar bastante ligero, poner morado de cocido a las tres de la tarde y cenar a las diez de la noche no me digan que no tiene su gracia, aunque vuelva locos a nuestros numerosos visitantes foráneos.

Y, hablando de alimentación, me declaro fanático de la cocina española: el mentado cocido, la menestra navarra, el gazpacho, la paella, la manteca colorá, la fabada… Sin hacer de menos a otras cocinas, como la francesa, la italiana, la marroquí (magnífica de verdad) o la rusa. Dejemos a parte la británica y la norteamericana, que las disfruten ellos por muchos años.

También me encanta nuestro revoltijo racial. Cuando alguien dice que es español de pura cepa, no sé muy bien a qué se refiere; porque aquí se han mezclado celtas, íberos, romanos, griegos, fenicios, árabes, judíos… Hasta los alemanes de la repoblación. En Cádiz hay, incluso, muchos apellidos italianos, y en Navarra, abundantes franceses.

Por eso resulta tan ridículo aquello del "día de la raza", que se inventó el franquismo. Tal vez lo hicieron siguiendo el lamentable ejemplo de la Alemania Hitleriana y su obsesión racial en busca del ario puro, o yo qué sé qué majadería por el estilo. Lo bonito de España es que, como los espabiladísimos perrillos mil leches, nosotros poseemos una feliz mescolanza racial, ajena a cualquier uniformidad étnica.

También me gusta hablar en español (o castellano, que nadie se me ofenda), más que en ninguna otra lengua. No me disgusta hacerlo en francés, ni en italiano, ni en mi rudimentario árabe de cateto de la Yebala.

En inglés, porque no hay más gaitas, pero no disfruto haciéndolo. Tiene la ventaja de que te puedes entender en nuestra lengua en un montón de países y además suena muy bien en sus distintas variantes. Es muy divertido para un español imitar el habla de los argentinos o de los mexicanos; tanto como para un argentino imitar el habla española. Eso lo hace maravillosamente mi amigo salteño Guaira Castilla. Muchos de mis amigos latinos dicen que nuestra forma de hablar hace que siempre parezcamos muy enojados. El caso es que nos entendemos en castellano unos cuatrocientos ochenta millones de personas de unos veinte países diferentes.

Me gusta, como digo, vivir en España, en cualquier parte de España. Ahora estoy en Andalucía, en Cádiz; concretamente en Chiclana. Pero he vivido en Sevilla, en Pamplona, en Marcilla (Navarra), en Santiago de Compostela, en Madrid, en Huelva… Y he pasado largas temporadas en Valladolid, en Logroño, en Barcelona, en Zamora. En todos esos lugares me he sentido muy bien. Ser español me gusta, ya digo, pero sin tontunas patrioteras.

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