Uno de mis últimos descubrimientos literarios ha sido Crímenes, obra del veterano penalista alemán Ferdinand Von Schirach, publicada por Ediciones Salamandra. Reconozco que pese a haber escrito algunos textos referidos al mundo de la abogacía no poseo un amplio bagaje de lectura de novelas que exploren las andanzas de letrados y leguleyos. Sí que he visto grandes películas de juicios, algunas de las cuales son inolvidables (Testigo de Cargo, Causa justa, La tapadera o Tiempo de matar), y también he devorado algunas buenas series (Boston Legal, The Night of, Better call Saul), mas no soy consumidor de Best sellers sobre abogados.

Poco antes de empezar el libro de Schirach adquirí en el Kindle una novela en oferta de John Grisham. Me duró un par de capítulos. La suma de lugares comunes y frases hechas me desilusionó y lo abandoné prematuramente como hago últimamente con los libros que me aburren o desagradan, algo que indica mi avance hacia la edad provecta.

Crímenes presenta una serie de relatos que narran la vida, obra y pecados de personas que por distintas motivaciones y circunstancias acabaron requiriendo de los servicios de Von Schirach, quien, con la pulcritud de un jurista, la delicadeza de Stefan Zweig y esquivando el yugo del secreto profesional, esboza algunos de esos 700 casos criminales en los que dice haber intervenido y ahonda en el alma de sus personajes/clientes, explorando sus tormentos y pulsiones en el mar siempre convulso del azar y el destino.

Leo lo que de él dice la crítica: "Schirach no juzga, sólo describe". Faltaría más, no en vano es abogado y no juez; por eso cultiva con verdadera brillantez una disciplina tan complicada y actual como la del True crime, en la misma línea que Truman Capote o David Grann. El mérito del penalista alemán es que, como buen letrado, es un magnífico narrador que cuenta con sutileza y sensibilidad los atroces (o cándidos) crímenes que cometen (o no) sus clientes.

En sus piezas avistamos la oscuridad que siempre bulle en las almas de los hombres y somos testigos de cómo la misma suele acabar en los tribunales de justicia; esa misma oscuridad que los isleños de San Fernando vislumbramos tan dolorosamente cuando Klara fue asesinada en el parque del Barrero.

Me pregunto cómo describirán las futuras novelas de tribunales estos nuevos juicios a los que nos vamos a enfrentar a partir de hoy: abogados asfixiados por las mascarillas, alegatos apagados, micrófonos escondidos en bolsitas de plástico, mamparas de metacrilato compartimentando las salas de vistas, improvisados cartones separando a los funcionarios en las oficinas judiciales, la toma de declaraciones por videoconferencia y la falta del necesario contacto físico (y moral) con los justiciables.

La aséptica y certera pluma del penalista alemán nos haría disfrutar inmensamente si narrara los crímenes que a partir de hoy vamos a sufrir los profesionales del derecho; si describiera nuestro miedo cerval al contagio, la inseguridad que nos provocarán los contagios en esos juzgados que frecuentamos, la desazón que nos produce una Justicia anquilosada y morosa que quiere modernizarse a coste cero. Como el papel.

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