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Balas de plata

El dragón

Los libreros suelen ser personas atentas y agradables, siempre dispuestas a pedir ese ejemplar que llegará un poco más tarde que si lo encargaras por Amazon, pero con mucho más afecto. Ojalá estén ahí a la vuelta, dispuestos a atendernos

El día de San Jorge más extraño de las últimas décadas ha llegado al fin, un veintitrés de abril en el que una de las pocas cosas que podremos hacer será, paradójicamente, leer libros. El nuevo dragón castiga a muchos de nosotros, obligándonos a permanecer en casa y, aunque supongo que algunos hemos podido sosegarnos entre las páginas de los habitantes de nuestras bibliotecas, la mayoría de los españoles habrá sufrido estas semanas por temas distintos, pendientes de una comparecencia tardía, un BOE rectificado o el titular que nos arroje un periódico. O el telediario.

Pienso en las puertas cerradas de mis librerías amigas, en los rostros difuminados de sus dueños y empleados, y entristezco. Mando todo mi cariño a Juan Manuel, a Cristina, a Mariví y Fany, a Juan Ramón, a Belén, a tantos otros. Los libreros suelen ser personas atentas y agradables, siempre dispuestas a pedir ese ejemplar que llegará un poco más tarde que si lo encargaras por Amazon, pero con mucho más afecto. Ojalá estén ahí a la vuelta, dispuestos a atendernos, cuando consigamos volver a una normalidad que distará tanto de la normalidad a la que estábamos acostumbrados. Ojalá puedan aguantar este cierre forzoso que será tan duro o más que lo que vendrá después.

Me compadezco también de las editoriales pequeñas, unipersonales, apenas pymes. La pandemia ha diezmado a las empresas dedicadas a la edición literaria. Si las imprentas no abren, no salen los libros. Si las librerías cierran, no se venden. ¿Cómo luchar contra el universo?, se preguntan. Unas anunciaron su fin, otras regalan sus libros, mueven ofertas, hacen lo que pueden. Muchas, supongo, preparan los ejemplares que vendrán cuando esto acabe. Una dolorosa constatación: los buzones virtuales de los cadáveres editoriales siguen recibiendo, después de muertos, esos dardos de ilusión que son los manuscritos de escritores buscadores de hogar.

Conozco escritores que están bloqueados, carentes de la tranquilidad o estabilidad necesarias para poder crear, lo que, en definitiva, es su trabajo. Otros, acostumbrados al fragor diario, han encontrado en la inacción la contraseña que abre la cerradura de su inspiración. Me solidarizo con los autores que acababan de publicar su libro, quizá marchitado en escaparates empapelados de comercios cerrados, y también con los que estaban a punto de sacarlo, que se ven ahora impelidos a una espera inconcreta e igualmente desazonadora.

A la vuelta del coronavirus, el mercado tardará en equilibrarse, y el literario aún más. El mundo del libro no es poder fáctico si lo vemos en términos económicos. Se nutre de muchos poquitos y pocos muchitos. La literatura se halla en ese saco de incómodas actividades secundarias que tiene que gestionar, sin fondos ni presupuesto, un ministerio de cultura timorato. Si no podemos salir a trabajar, si robamos los abrazos a nuestros padres, ¿cómo los dispensaremos a nuestros libreros? Si una mascarilla cuesta treinta euros, ¿cómo osaremos adquirir la soñada novela? Algo

tendremos que hacer al respecto, algo habrán de inventar nuestros gobernantes, para que el dragón pandémico no logre vencer a San Jordi, finalmente.

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