Algunas veces lo difícil es arrancar, encontrar una nueva motivación, marcar un rumbo. Intuyo que para la salud mental se necesita tener pendiente algún proyecto. No me refiero ahora a los vitales ni a los utópicos como salvar el planeta o luchar por un mundo más justo o más pacífico; pienso más bien en tareas a corto plazo, sin mucha trascendencia. Quizás ordenar un armario, ponerse en forma para una carrera, ir a la biblioteca a por un nuevo libro, entregar un trabajo, proyectar un viaje, aprender a cocinar, un idioma, quedar con amigos…

Porque qué se hace, si no, el día después de unas fantásticas vacaciones, de un viaje en el que todo ha ido bien. Cómo es cuando acaba el reencuentro con viejas amistades o el fin de semana de celebración familiar tras mucho tiempo sin verse. Cómo se retoma después de una despedida dolorosa, de la cena en la que se proyectó tanto, del concierto de tu vida; qué se hace después de todos los adioses; cómo se continúa al día siguiente de una muerte cercana.

Yo confío mucho en la rutina de las acciones mecánicas, mover el cuerpo para que no se pare el corazón y la mente estalle. Prohibido el sofá que invita a las melancolías, mejor empezar por recoger la ropa sucia, un poco de limpieza, alguna compra necesaria, la escritura de la columna que quedó pendiente… Luego ya se puede añadir un poco de actividad física, una salida en bici, un baño en la playa si el tiempo lo permite, un partido de lo que sea. Lo importante es no dejarse llevar por el vacío hasta que el engranaje vuelva a funcionar y de pronto nos encontremos otra vez proyectando el futuro.

No quiero contradecir a Lennon (“life is what happens while you are busy making other plans”). Defiendo vivir en lo pequeño, disfrutar y apreciar lo que se tiene, no dejarse la piel en planes probablemente irrealizables, pero estoy convencida de que hasta la vida más monástica necesita una tarea pendiente para no pararse y dejar que la existencia la arrolle.

Estoy en ello, escribo esto el 1 de septiembre después de una noche preciosa que supo a despedida, del inevitable recuerdo de quien se me fue hace ahora dos años, de las nubes que se empeñan en promocionar el otoño.

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