Análisis

Laurentina Gómez Rubio

Un décimo asustado

Salí tímidamente de entre todos los papeles y cuando asomé una punta, me aplaudieron

S OY un décimo de lotería y he sido robado. Fui comprado por una señora que me llevaba guardado, dobladito, en su cartera. Mi vida en su bolso fue muy agradable. Compartía mi pequeño habitáculo con otros olvidados papeles y que, por cierto, no me hacía mucha gracia tener por compañero al ticket de compra del pescadero y del frutero, ¡que siempre hubo clases!

Pero un día mi vida cambió de golpe. Iba yo dormitando dentro del bolso, en el coche de mi dueña, cuando, de pronto, abrieron la puerta trasera y me sentí zarandeado y llevado en volandas a gran velocidad. Así fui durante un rato. Para mí fue un trauma. Psicológico. Al fin, aquella carrera terminó. Y cuando creía que todo había acabado, vino lo peor. Aquella persona abrió el bolso y cogió la cartera. Sentí sus dedos buscando dentro pero no me vio entre tanto papel, que dicho sea de paso, estaban callados, acongojados. Pues eso me salvó. Vi su cara asombrada al ver el dinero: ¡sólo cinco arrugados euros! Cogió el billete, se enfadó y localizó el teléfono móvil que estaba en el bolsillo interior, y se lo guardó. Arrojó el bolso a lo lejos, entre unos matorrales, y oí cómo se alejaba a todo correr.

¡Y vino la noche! Todos estábamos muertos de miedo: las llaves temblaban (se oía su clic, clic), la barra de labios se quitó el capuchón que la agobiada y se puso a llorar. Fue un escándalo pues chorreaba pintura y fue perdiendo su aspecto parisino del que presumía a todas horas. La cajita de Juanolas abrió su trampilla y salieron sus pastillas todas asustadas y chillando. (Que digo yo que a dónde iban; estaban mejor todas juntas, tan pequeñitas ellas). Pero, oye, en esos momentos no se piensa… Los bolígrafos y el lápiz asomaron sus cabezas por uno de los bolsillos, y las que más serenas se hallaban eran las gafas, que salieron de la funda y dijeron:

-Silencio, haya calma y estudiemos la situación! (Yo no sé de quién habrían aprendido eso, porque mi dueña, de calma, más bien nada).

Allí salió uno de mis compañeros, el ticket del pescadero, que cuando se movía soltaba efluvios marinos podridos y dijo:

-Muy bien hablado, señora. Aquí hay gente importante y de mundo que seguramente sabe lo que hay que hacer. Hay tarjetas de banco y carnés; con que dejemos que hablen ellos. Y ¡ojo¡ ¡hay un décimo de lotería de Navidad! Y él sí que estará preocupado pues faltan ocho días para que los niños canten. La exclamación fue unánime: ¡Ohhhh!

Salí tímidamente de entre todos los papeles y cuando asomé una punta, me aplaudieron todos.

La tarjeta dorada de Renfe preguntó:

-¿No te han visto los ladrones? Pero si eres dinero. Mira que si toca…

El DNI dijo que tenía que salir del bolso como fuera y que por favor, que alguien le recogiera, porque era muy importante. ¡Tenía información vital!

Aquí me entró el nerviosismo; ¡no podía hacer nada! Estábamos en un lugar solitario pues no oíamos voces y, seguramente, pasarían días sin que nos vieran.

Así fue. Pasaron seis hasta que una mañana, un golpe seco y brusco nos sacudió. Alguien había encontrado el bolso y lo tanteaba con el bastón. Una de las cajitas pastilleras dijo que había oído un perro olisqueándonos. ¡Nos echamos a temblar!

El dueño del bastón dijo:

-¡Quieto, Pipo! Ahí no puedes mear, que lo ensucias.

Un suspiro de alivio salió de todos nuestros compungidos corazones. El señor recogió el bolso y nos llevó bien protegidos bajo su brazo, y al ratito oí cómo hablaba con otro señor que dijo ser "el policía de la puerta", con lo que supe que estábamos en la Comisaría.

Por la tarde nos devolvieron a nuestra dueña, que lo primero que dijo después de saltar de alegría fue:

-¿Están mis gafas y mi décimo?

Lo preguntó en ese orden. Ya, ya sé que no fui el primero en importancia, pero es que las gafas eran graduadas y mi dueña veía fatal, que si no…

En fin… ¡Otro día os digo si salí premiado!

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