Análisis

francisco lambeA

El curso y el gobierno

Llegado septiembre, con su carga de tópicos, comienza el denominado "curso político", como si la política descansara alguna vez. Acaecen las ruedas de prensa valorativas sobre los próximos meses, en esta ocasión con los comicios municipales del 26 de mayo como gran fecha en la agenda.

El alcalde, David de la Encina, y el edil de Economía, Antonio Fernández, no se han resistido, animados por el retorno, cual hijo pródigo, de los presupuestos municipales. Tras la mayoría compuesta para que la lista más votada, el PP, no gobernara, mayoría artificiosa para la gestión, como demostró la ruptura del pacto solo un año después, ha sido el apoyo precisamente de los populares el que ha posibilitado el documento, toda vez que el partido que detenta la alcaldía, el PSOE, con sus 6 actas, ni siquiera un cuarto de la Corporación, y el socio que le queda, IU, con 3, figuran lejos de las 13 en que se inicia la mayoría absoluta.

Por lo demás, confianza en la pronta aprobación del Peprichye, ese Plan al que siempre le ronda una luz verde inminente que nunca termina de encenderse, o alegría por la presentación de proyectos para ITIS, como si la simple presentación implicara consecución.

Nada se dice en tal balance de lo prometido no logrado y es que uno de los grandes problemas a los que se enfrenta el bipartito es el incumplimiento de numerosos anuncios electorales. No sólo de los más importantes, como la no ejecución del parking de Pozos Dulces (cuyas obras finalmente se han emprendido, eternizadas, eso sí, en el paisaje) o la remunicipalización de Apemsa (agua pasada de la que no se ha vuelto a hablar), sino de otras inobservancias de acuerdos (dicho en fino, en vulgo se califican, directamente, como mentiras) con colectivos sociales, empresas y particulares de toda índole. Sumergido en la inercia de los días, el ejecutivo parece ignorar que hay ciertas cosas que, delante de una urna, no se olvidan.

El inquietante panorama lo redondea la política comunicativa, insuficiente para el servicio público, regida por unas líneas estratégicas generales que, si alguien las encuentra, le resultarán manifiestamente mejorables, cuando no un auténtico desastre.

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