La pérdida del cura Gabriel es enorme desde muchos puntos de vista, aunque deja como herencia un camino ya trazado por el que sólo hay que seguir transitando con la misma determinación y entrega con la que él se empleaba. El futuro de su labor, pues, no debe peligrar. Pero es cierto que su ausencia será significativa. Gabriel Delgado era un cristiano que entendía que el mensaje evangélico, llevado a los hechos, debe liberar al hombre y no maniatarlo; que sabía que ser católico es ser una persona ecuménica y universal y que, por tanto, las fronteras, más allá de su validez administrativa, no deben servir para dividir razas ni religiones, sino para acoger a todos; y que la radicalidad (la raíz) cristiana implica tomar opción primero por la persona y, sobre todo, por quienes más lo necesitan. Por eso, y por muchas cosas más, Gabriel ha sido, y sigue siendo, un cura como Dios manda.

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