He querido retenerla en la memoria. Protegiéndola del polvo del olvido para que no se me deshilachara ni el más leve detalle. La última imagen del carnaval del 2020: la agrupación de Paco Rosado cantando en los escalones de Zara, en el Palillero.

Terminaba el carnaval, la última tarde del último domingo. Al solecito, que ya se iba marchando por el oeste de un cielo azul casi insultante, Paco y los suyos cantaban unos cuplés de los Cruzados, unos pasodobles de los Cegatos… cosas de hace más de 30 años.

Suavecito, sin chillar y que el bombo no moleste. Sin imposturas ni artificios. Un regalo, una felicidad tan cercana, tan posible. Y tan frágil. Los vellos de punta y un picorcillo en los ojos. Me hago viejo contigo Cádiz, pensé. ¡Qué momento, pordió! De esos que deseas que no acaben nunca.

Pero acabó. Un pacífico crepúsculo cayó sobre todos nosotros y enfilé la retirada, ajeno a todo lo que iba a ocurrir después. Inmediatamente después.La pandemia…

El frío lametón del miedo, la angustia del confinamiento, la falta del abrazo y del afecto cotidiano. Las falsas esperanzas que se desvanecían una y otra vez. Recorriendo un túnel oscuro y deprimente, y al final de cada luz venía otro túnel.

Pero ha llegado otro febrero y he visto niños y niñas con su disfraz de siempre, de superhéroes, de princesas laicas o algo así, felices en su inocencia. Y a sus padres conservándoles las ganas para el año que viene. Que vendrá. Y será otra vez carnaval. Mamarrachero o por lo fino. De callejuela o del Falla. Da igual. El carnaval seguirá vivo y yo quiero verlo.

El carnaval sobrevivirá a la pandemia, y también a los cotilleos y a las infamias. Seguirá, pese a los aduladores y a los egos patológicos. Al star system y al oficialismo. A las asociaciones, de Recogedores de Sillas de la Cabalgata, de Colaos del Falla, de Amigos del Foame… Sobrevivirá incluso a los poetas pelmazos y a los poetas de casapuerta (existen los buenos poetas, como también existen los peces voladores, aunque siguen siendo peces). Al carnaval sólo lo amenaza la pérdida de su capacidad para divertir y divertirse, pasándose por el forro la gris burocracia cotidiana.

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