Análisis

Manuel Bustos Rodríguez

Profesor de Historia de la UCA

Cómo conocí a Antonio Llaves

Se fue cuando la pandemia comenzaba seriamente a hacer estragos en España, aunque no fuera esa la que se lo llevó. La misa de funeral en San Agustín pudo haber estado mucho más concurrida, pero el virus se conjuró para impedirlo. Antonio Llaves ha pasado ya a vivir en el recuerdo de los gaditanos y de cuantos le conocimos en vida. De hecho así había sido desde que la enfermedad casi lo mantuvo fuera de sus actividades habituales y del concurso con amigos y conocidos, hasta el momento de su muerte.

Su figura está indeleblemente unida a la de Don José María Pemán, de quien fue durante años fiel secretario. Le mecanografiaba las cartas y escritos, lo acompañaba asiduamente, recitó sus poemas cada vez que le era requerido; era su hombre de confianza.

Conocí a Antonio cuando, allá por los años noventa, la familia de Pemán, a través de su hija Carmen, monja en las Esclavas, nos pidió que organizáramos y catalogásemos el archivo de su padre. Se trataba, sin duda, de un trabajo delicado y laborioso a la vez. Multitud de documentos, manuscritos, mecanografiados o impresos inéditos, se amontonaban desde hacía tiempo, sin apenas orden ni concierto, en numerosas cajas de cartón. Trabajamos día a día, en horas libres de la tarde, durante unos tres-cuatro años, en la misma casa donde habitara el escritor y todavía vivía Pilar, una de sus hijas, con su familia. Desde ella, Antonio y yo mirábamos con cierto agobio el reto que suponía la empresa encomendada; pero también con el enorme entusiasmo de acceder a un patrimonio documental prácticamente virgen, cuyo contenido desconocíamos, que nos estimulaba a seguir adelante. Y a la postre no íbamos a resultar defraudados.

Cada vez que removíamos los papeles, para ordenarlos y catalogarlos ficha a ficha, nos percatábamos de su inmenso valor. Allí se encontraban los borradores de la riquísima obra pemaniana: originales manuscritos de sus obras de teatro, ensayos, poemas, obras literarias, diarios, guiones para la televisión y discursos. Y, sobre todo, lo que a mí, en tanto que historiador, más me interesaba: un abundantísimo epistolario, donde en abigarrada concurrencia, se daban la mano Franco con Alberti, Manuel Machado con Juan Ramón Jiménez, Antonio Maura con el cantante Raphael y Natalia Figueroa, Adelita del Carmelo con Fernando Quiñones, Paul Claudel con Carrero Blanco, Adolfo Suárez con Don Juan de Borbón... En resumidas cuentas, una parte sustancial de la historia de España del siglo XX yacía, inédita, en el interior de aquellas pesadas cajas. Y pocos, unos por el qué dirán, otros por ignorancia o prejuicios políticos, se habrían de percatar de ello -incluso una vez concluida la tarea que nos ocupaba-, dando su justa importancia a esta mina de información histórica y literaria a la vez.

Casi concluido el trabajo, Antonio y yo aún tuvimos ocasión de sumar una nueva e importante experiencia: reunir en una magna exposición una parte seleccionada de entre los variopintos testimonios conservados de Pemán que habíamos hallado, con motivo del primer centenario de su nacimiento. El lugar escogido para la muestra fue el claustro de la Diputación Provincial de Cádiz, que la patrocinó. Y nosotros nos convertimos entonces en los comisarios de la misma. Junto a las autoridades locales fue inaugurada por los entonces reyes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía, que recorrieron los sucesivos espacios de la exposición bajo mi guía. Fue un día solemne para la ciudad, con una abundante presencia popular. Tras el éxito de visitas alcanzado en Cádiz, unos meses después repetimos la exposición en Madrid, con presencia del Ministro de Cultura, en la sede de la Biblioteca Nacional. Estuvo a punto también de reproducirse en Sevilla al año siguiente (1998), pero el asesinato del matrimonio Jiménez Becerril a manos de la ETA lo retrasó sine die.

A pesar de este contratiempo, la documentación había quedado prácticamente catalogada, conformando un copioso fondo de papeles, al que se añadieron también numerosas fotos de distintas épocas y folletos. Antonio y yo pudimos ver la tarea culminada. Atrás quedaban las jornadas de animada conversación en la soledad de la que fuese la biblioteca de Pemán, cuando, sentados a la mesa de trabajo, me contaba las mil y una anécdotas que sabía del escritor, él que tan bien lo había conocido, y no solamente, como yo, por medio de las lecturas de su obra. Atrás quedaba igualmente ese sacar y ordenar la copiosa documentación del escritor, al igual que, en otro orden de cosas, el café, la infusión o la horchata de verano en los alrededores de San Antonio al término de cada jornada de labor.

Pemán seguiría uniéndonos algunas veces más en los años siguientes, tras los impulsos del centenario y la exposición, con motivo de varios ciclos que se organizaron a iniciativa de diversas instituciones de la ciudad (Ateneo, Academia Hispano Americana, Casino). Y sobre todo, volvimos a estar juntos cuando, de la mano de Emilio Aragón, nos llamó la que luego sería Cajasol, tras hacerse con la casa de Pemán, su archivo y su espléndida biblioteca. Se trataba de redondear el trabajo realizado, ahora con un equipo especializado, mediante la digitalización del catálogo correspondiente al archivo. De esta forma podía ponerse a disposición de posibles lectores e investigadores todo su contenido.

Fue este último un tiempo corto pero fecundo, en que Antonio y yo volvimos, mano a mano, a encontrarnos y a trabajar con el legado del conspicuo escritor. Culminada esta nueva fase, dejaríamos de vernos con la asiduidad y continuidad que lo veníamos haciendo hasta entonces. Él regresó a su Nazareno del Amor y a sus tareas en el Obispado, y yo a la cotidianeidad de mis quehaceres docentes e investigadores, en los que no había cesado en ningún momento.

Antonio Llaves, año tras año, mientras pudo, continuó recordando religiosamente al escritor con un artículo en prensa, al cumplirse los sucesivos aniversarios de su muerte. La última vez que nos vinculó Pemán fue con motivo del acto homenaje que se dio al escritor en Jerez, tras serle retirado el busto de la entrada del teatro Villamarta, en que ambos participamos junto a Antonio Burgos, Bieito Rubidio, director de ABC, Manuel Guerrero y José Joly. Los tiempos habían cambiado para entonces y la Ley de Memoria Histórica había comenzado sus estragos.

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