Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Los colmillos de Idental

Alas 07:15 de la mañana, con la puntualidad de un desembarco bélico, la taladradora empieza a convertir el adoquinado en polvo. Es en un momento así cuando se entiende, padeciéndose, la expresión "el dolor me está taladrando la cabeza". Pocos ruidos peores que éste: el de un bombardeo, que en la España actual -salvo los muy viejos del lugar y militares destinados a zonas en conflicto- ya sólo han oído los inmigrantes del descascarillado Este europeo y del África que escupe sus hijos al Mediterráneo, y el del artilugio del dentista que horada en los dientes del paciente, aterrado bajo la luz blanca, indefenso mientras oye el zumbido de eso -sea lo que sea- que se acerca dispuesto a escarbar en su boca.

Me levanté y fui a asomarme a la terraza. Allí abajo estaba el monstruo destrozando el pavimento. Algún que otro vecino, extraído también del sueño como en un parto provocado, hacía lo mismo, mirar somnoliento. Cada uno en su puesto parecíamos jubilados ociosos alobados con la obra, sintiendo toda esa vibración sísmica bajo los pies mientras la máquina agrandaba cada vez más la llaga en la calzada, excavando en una boca gigante.

De la misma forma que en las de los pacientes de Idental. El asunto se me había metido en la cabeza. La culpa era del taladro, clavándose en las encías de la acera, que iba quedando hecha añicos como el bolsillo de quienes confiaron en granujas para que les sanaran los piños. Y resulta que se pusieron en manos de unos émulos del siniestro Christian Szell que con sadismo ortodóncico y voracidad financiera hallaron en las bocas de sus congéneres minas que esquilmar y expoliar hasta el nervio, vaciándolas y dejándolas inservibles, desgraciadamente muchas de ellas sin posibilidad de recuperación.

Ésa es la diferencia con los hombres que veo abajo destruyendo el suelo: tienen que destrozar primero para reconstruir después, las canalizaciones subterráneas que tienen que instalar precisan antes de toda esa demolición. Después vendrá la reparación y todo volverá a funcionar. No lo han hecho así los psicópatas de Idental. Han devastado las bocas de sus confiados pacientes (también su economía, porque muchos de ellos se han empeñado con créditos y préstamos para hacer frente al sablazo bucal). Y lo han hecho con la carcajada de una hiena. Ellos sí pueden mostrar sus colmillos relucientes y afilados. Y masticar. Y morder a dentelladas.Como lobos.

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