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El cierro de Pedro

Los cierros son muy de la Isla, Pedro González Tuero, hijo único, tomó de su infancia el cierro para escribir las crónicas amables que publicaba en nuestro Diario

En mi Calle Comedias había una familia que vivía en la calle, una madre, viuda joven, como las viudas de entonces, con una hija que era su tesoro. La madre vivía en el cierro atenta a todo porque su hija era, ya lo dije, su tesoro. Los cierros son muy de la Isla, Pedro González Tuero, hijo único, tomó de su infancia el cierro para escribir las crónicas amables que publicaba en nuestro Diario. Los visillos de ese cierro se han cerrado para siempre, Pedro ha muerto en Chiclana el otro día. Duarte me lo dijo el primero, luego todos. Esto funciona así, te mueres y todos lo dicen a todos: ha muerto Enrique Montiel.

Cuando me dijo Rafael Duarte que Pedrito había muerto recordé a su padre. Era de su porte, pequeño, vivo, de una simpatía desbordante, y de una gran inteligencia. Mi amigo Pedro González Tuero había heredado de su padre esa energía para el hacer. Por eso se echó encima la carga de dirigir el instituto Isla de León, y andando el tiempo la Delegación de Turismo del Ayuntamiento de San Fernando. En los últimos años, de vueltas de tantas cosas, volvió al cierro de la calle Real de su infancia y nos contó su modo de mirar, y su mirada.

Tengo la sensación de estar escribiéndole al lector del siglo que viene. Por un procedimiento ahora impensable aunque puede que predecible, leerá los diarios de estos días buscando unos datos para conocer la pandemia nuestra de cada día. Puede que por mis palabras de ahora tenga noticias de Pedro González Tuero y busque sus cierros en las páginas de estos años, su gran amabilidad, su bondad incapaz de herir, menoscabar, despreciar la mirada que iba desde la Ardila hasta Pelagatos y la Barrosa, cruzando el puente de Zuazo que siempre unió a dos pueblos, en matrimonios, en días de playas, en la atmósfera común de la felicidad. Él lo hizo, cruzó un día el puente y se instaló allí, en Chiclana, la Chiclana blanca que tanto nos gusta a los isleños. Allí le llegó la muerte. El otro día volvió el camino al revés y lo trajeron al cementerio donde descansan sus padres y sus amigos, la otra gente que veía en la orilla de aquí desde el cierro de su calle Real, con el visillo sostenido a un lado por la mano de su madre.

Se nos ha ido un gran tipo, doy fe de ello porque fui su condiscípulo, y él lo fue mío. Desde ese tiempo amigos infalibles. Digo que cuando se metió en el barro de la política local dejó a un lado fobias y filias para seguir siendo el viejo amigo de toda la vida.

He recordado a su padre, también Pedro. Quiero pensar que se han reencontrado en ese lugar lleno de luz en cuya esperanza generaciones han creído.

Otro cierro cerrado de la Isla para siempre.

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