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Análisis

rogelio rodríguez

El centroderecha afronta su gran encrucijada

En política, la coalición es el arte de llevar el zapato derecho en el pie izquierdo sin que salgan callos". Lo decía Guy Mollet, político socialista y marxista, primer ministro de Francia a mediados de los años cincuenta, al que, sin embargo, no le dolían prendas a la hora de sellar alianzas con partidos de corte liberal. Así que mucha maestría y aguante deberán aplicar los partidos coaligados en el próximo Gobierno de Andalucía para andar sin ojos de gallo por una legislatura trabada de tensiones electorales, en la que los socios que acaban de imprimir un programa común deberán disputarse, en solo cuatro meses y en distintas convocatorias, el mismo semillero de votos.

El Ejecutivo que encabezará el popular Juan Manuel Moreno Bonilla, con el ciudadano Juan Marín en la vicepresidencia, deberá superar, además de los naturales recelos internos entre formaciones discordantes en tantos aspectos, el hándicap que sin duda supondrán las estrategias que, a nivel nacional, establezcan en Madrid las direcciones de ambos partidos. El reto que asume en Andalucía el matrimonio PP-Ciudadanos, con Vox en el papel de temible amante, trasciende el devenir de esta comunidad autónoma, ya que, por primera vez, revelará la capacidad del hoy fraccionado centroderecha para conformar gobiernos de coalición que sean estables y eficaces frente al conglomerado de izquierdas y grupos nacionalistas.

Prevalece la incertidumbre. El naufragio de los grandes partidos ha facilitado la consolidación de los populismos autoritarios de una y otra índole y el envalentonamiento de los separatistas. Ni PP ni PSOE podrán ya aplicar sus programas porque muy difícilmente recuperarán las mayorías que tuvieron en otro tiempo. El Gobierno de Pedro Sánchez depende del radicalismo republicano de izquierdas que abandera Podemos, del ultranacionalismo independentista catalán y del chantajista nacionalismo vasco, mientras que el PP y también Ciudadanos, al menos en el caso andaluz, necesitan el voto de la ultraderecha que representa Vox. Una subordinación dramática para el sistema constitucional, producto de la proverbial incapacidad de entendimiento entre socialistas y populares incluso en situaciones de emergencia.

Solo Ciudadanos, de continuar su escalada, podría tabicar las aspiraciones antisistema mediante acuerdos con sus más afines a izquierda y derecha. Pero la formación de Albert Rivera, que ha cimentado su crédito mediante un plácido tactismo centrista -mitad liberal, mitad socialdemócrata- sin asumir hasta ahora responsabilidades de gobierno, será sometida a juicio severo tras su pacto con el derechizado PP de Pablo Casado y, sobre todo, por su pusilánime aquiescencia al apoyo de Vox, hecho que, además de justificar con gran torpeza, ha contrariado a buena parte de los electores que hurtó al PSOE. De ahí que el avaricioso líder socialista se haya apresurado a declarar, con el pudor que le caracteriza, su disposición a encarnar el liberalismo que simboliza Rivera. Con Sánchez resulta del todo imposible, pero sin él, dada la situación, es probable que el PSOE recuperara el espacio de centro que ya dilapidó en época de Zapatero. Es lo que piensan la mayoría de sus acongojados barones.

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