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Análisis

J. M. Morillo león

Una cena que se pone a tiro para Fátima Gálvez

Con esas gafas que se gastan los tiradores deportivos Fátima Gálvez está lista así para venirse a la terraza de nuestro chiringuito. Hay que tirar con bala para celebrar, por fin, un oro olímpico. Vamos a invitar a la de Baena por su triunfo y admitimos que se traiga a su compañero Alberto Fernández de carabina. Matamos así a dos pájaros de un tiro. Brindaremos también porque San Marino se haya quedado con la bala de plata.

Ponemos a Fátima en la mirilla para que pase un buen ratito y lo primero que le colocamos en la diana son una cigalas de calibre. Hay que buscar en el mercado (¿Chiclana, Huelva o Marbella? por poner tres plazas que nunca fallan) unas cigalitas tronco de unos 200 gramos la tirada. A la cartera se le endosa un plomillazo, pero merecerá la pena por agasajar a la medallista.

Si fueran pequeñitas las haríamos a la plancha, un minuto y medio por lado, con pincelada de aceite de oliva de Baena, ajito y perejil. Buen disparo. Pero como las compramos grandes, mejor las cocemos. Ponemos esas cigalas tronco en agua hirviendo con un puñado de sal durante cuatro minutos, no más. Con puntería. Las colocamos en hielo para parar la cocción y las reservamos en el frigorífico. Ya estarían listas para cumplir con la deportista y si ella quiere dispararlas contra un bol de mayonesa casera (con un puntito de limón y coral de alguna cigala reservada), se lo permitimos.

No nos va a salir el tiro por la culata si de primero preparamos un salmorejo. Fátima lleva unos cuantos días en Tokio comiendo sushi y sashimi de palometa rancia, así que estará encantada con que le lancemos con salvas en la terraza un salmorejito cordobés, con un kilo de tomates raf de Almería. Le añadimos medio mollete de Espera, 100 gramos de aceite baenense, 1 diente de ajo y sal pillada entre pulgar e índice. Cuidado con los francotiradores que menosprecian un salmorejo hecho en casa.

Con esos ingredientes batimos unos minutos, que emulsione (en thermomix, ocho minutos bien ventilados de velocidad). De guarnición, balines de grosella.

En el segundo plato, cómo no, tiramos al pichón. Un ejemplar por cabeza que guisaremos con cebolla, tomates, zanahoria, vino tinto de los Pedroches, aceite, tomillo y regaliz. Asamos las carcasas en el horno hasta que queden doraditas, las enfilamos en la olla, con un poco de agua, las hortalizas en sofrito y las hierbas y especias. Cocemos y añadimos el vino, reducimos, y vigilamos para no pegarnos un tiro en pie. Servimos en el plato y a modo de blanco rodeamos la pieza con una salsita de caldo, cebolla pochada y nueces picaditas.

Fátima se tiene que ir encantada con esta cena cuyo último cartucho gastaremos con un tocino de cielo encargado a las monjas del Espíritu Santo de El Puerto.

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