La en otro tiempo culta ciudad de Cádiz está de nuevo sometida al imperio de los comparsistas. Todo el día es Carnaval y así estaremos más de un mes. Insoportable.

No hay cuerpo que lo resista. Sube una a un taxi en la parada del Mora y llega a los Delfines sin haber dejado de escuchar las dichosas y estridentes musiquitas. Y si una le dice al conductor que si puede bajar el volumen, le contesta:

-Señora, ¡que es la comparsa del Puerto!

Como si fuera una herejía. No hay descanso. Si una va a tomar sus picatostes, la televisión de la cafetería se encarga de repetirnos una y otra vez lo que han cantado estos muchachos en el Teatro Falla.

La ciudad parece secuestrada por los comparsistas y ya no hay tema que preocupe a los gaditanos. Ya no importan las cifras del paro, los desahucios, las telarañas que hay en el cantil del muelle o que la Universidad parezca una escuela chungaleta. Nada. Ahora toca pasodobles y cuplés enchampelados.

Y no se le ocurra protestar por este castigo. De inmediato se lanzarán sobre usted cuatro o cinco ciudadanos acusándole de poco gaditano. Aquí todos tenemos que ser aficionados al Carnaval y admiradores de las agrupaciones del Falla. Eso es lo que hay.

Lo peor de todo es cuando intentan convencerte de los beneficios económicos que el Carnaval puede producir para Cádiz. Por lo visto deja más dinero un cuarteto callejero que un petrolero en el dique.

Un castigo, ya les digo.

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