Desde 1484, año de la bula Summis Desiderantes, hasta 1793, en que se apagó la última hoguera conocida, se asesinó por brujería a nueve millones de mujeres, según Hans Kühn.

Unas 30.000 al año, en uno de los capítulos más perversos del cristianismo. Mujeres acusadas de subvertir el orden moral y religioso gracias a su pacto con el diablo, quien las dotaba del estrafalario poder de volar por las noches, y otras idioteces como aquelarres y pócimas mágicas cuyo ingrediente principal era la grasa de niño no bautizado. Incluso la propia Iglesia editó un manual para el buen cazador de brujas, el Malleus Maleficarum.

Según el poder eclesial, la brujería era producto de "la lujuria de la carne, que en las mujeres es insaciable".

En esta atroz carnicería cayeron monjas, comadronas, lunáticas en celo, niñeras, cocineras o curanderas, pobres mujeres inocentes entre las que abundaban las solteras y viudas, consideradas especialmente vulnerables al reclamo de la carne.

Literatura y cine han testimoniado esta abyecta y cobarde página de la Historia: Loudun, Friuli, Roncesvalles, Zugarramurdi o Salem muestran la crueldad de las torturas, lo paródico de los juicios y los terribles asesinatos.

Hoy el Vaticano, y su rentable monopolio sobre lo demoníaco y alrededores, ve atónito cómo se le fuga la parroquia femenina. Y aún se sorprenden, anclados en sus apolillados prejuicios sobre la sexualidad y sobre la mujer, para que ésta siga sujeta a los designios de la tutela patriarcal.

No se han enterado aún de que aquellas brujas quemadas, ahora se quieren libres y, mientras el Papa dice que "el feminismo conduce a un machismo con faldas" -ya ves- ellas saldrán mañana a la calle para gritar a los cuatro vientos su libertad.

Así que ni encíclicas, ni autobuses con eslóganes medievales, ni los hazteoír, ni sus colegios finos, ni sus escribidores tan hipócritas como beatos, ni sus medios de comunicación, ni sus voxes, ni sus opus, ni ninguna de sus poderosas franquicias, que las quieren sujetas y sumisas, podrán con ellas.

Tienen al tiempo y a la razón de su parte. Ellas.

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