Análisis

Enrique Montiel

El brote

La pregunta era y sigue siendo qué hacer, qué debemos hacer, ¿nos auto confinamos?

La temible palabra ha llegado a la Isla, hay un brote de corona virus en San José. El bicho ataca a los más débiles, a los ancianos, a los enfermos. Y se los lleva. Mientras tanto, miramos en la tele lo de Madrid y no entendemos nada. Sin salud no hay economía, nos han dicho. Pero sin economía no hay nada. Entonces están ahí en eso, en la economía, en la salud. Y por todas partes surgen brotes, como el nuestro de la calle Tomás del Valle. La pregunta era y sigue siendo qué hacer, qué debemos hacer. ¿Nos auto confinamos? Pero si tengo que subir la baraja de la tienda, acudir a mi puesto de trabajo en la fábrica, en la oficina, en el tajo, en el barco… ¿qué hago, díganme, me divido en dos como al parecer estamos hechos, de cuerpo y alma? ¿Mi alma va a trabajar y mi cuerpo se esconde entre los mullidos tabiques de mi casa? Hace más de un siglo de la última pandemia, fue la mal llamada gripe española. Se combatió, ahora lo hemos sabido, casi del mismo modo que ahora: confinamiento e higiene. Y millones de muertos, entre 40 y 50 millones de muertos en todo el mundo nos dicen los estudiosos de la catástrofe. Vamos hacia ni se sabe con todo esto a un lado, o sobre los hombros, como una mochila. Porque un día aparece un brote, pero antes de que aparezca el virus ha hecho su trabajo. Un desastre, pues. Y como no tenemos costumbre de todo esto -qué bien lo dice la Biblia: somos seres para la vida- estamos llenos de perplejidad ante esto que ha llegado y que sigue haciendo su trabajo silencioso y letal. En Madrid y en muchos otros brotes de España, quiero decir. Pero el lío está en Madrid, en esta pelea infinita entre unos y otros, pues son los políticos los portavoces de los científicos que no conocemos, los ejecutores de políticas que llevan una cuenta siniestra, más de 50.000 muertos, más de un millón de infectados. No es un hecho aislado el brote del asilo de San José, ni lo fue cómo golpeó a la residencia de ancianos de la Cruz Roja en la primera oleada. Por eso si has llegado hasta aquí, seguro que sabes lo que conviene hacer y que se haga a tu alrededor, los cuidados que hay que tener y ponerse siempre en las manos de Dios, que diría mi madre. En las manos de Dios significa lo que sabes muy bien: hacer lo debido, desconfiar, conocer los procedimientos de contagio, lo que nos conviene hacer para oponer la mínima resistencia. No dejarse vencer por adelantado. Es eso. Y tener confianza, que San José proteja a los residentes de su casa de la calle Tomás del Valle.

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