No deja de tener su pellizco de magia, que no es sino el terror blanco. El ejército austriaco, a través de su ministra de Defensa, ha advertido a la población de la alta probabilidad de un apagón eléctrico generalizado que lleve a la bella nación tirolesa de vuelta a la Edad Media. Habrá quien se lo tome a broma, como hicieron con el ridículo virus del pangolín chino que comía murciélagos -es como la gripe, decían-, o con los frecuentes seísmos que devolverían la lava a los cielos -antes habrá un maremoto en Cádiz, sentenciaban-. Pero imaginemos el desastre tecnológico y dejemos que se pongan de punta nuestros vellos. Pongamos ejemplos.

La caída de la red eléctrica implicaría el retorno a las velas y las mantas de Grazalema, a la acumulación de almas en espacios cerrados para que el calorcito no huyera, y por consiguiente, a la caída del internet. Con los repetidores de telefonía móvil fuera de servicio, los móviles pasarían a ser elementos inciso-contusos y poco más. La ausencia de luz y de wifi conllevaría que la mayoría de la gente no podría trabajar y, lo que es más grave, impediría entrar en redes sociales y de ligoteo. Toda persona que trabaje con un equipo informático se vería imposibilitada para hacer su labor puesto que el aparato en cuestión no encendería, y caso de funcionar con batería externa o interna, no podría realizarse la conexión.

Luego debemos pensar en los electrodomésticos. Se acabó la cadena del frío. Los productos perecederos perecerán y los fétidos olores harán una impetuosa entrada en nuestra vida, con ese dulzor desagradable que antecede a la corrupción. Podremos despedirnos del marisco y de los langostinos a nueve noventa el kilo y deberemos dar la bienvenida al anisakis y la infección gastrointestinal.

Por otro lado, nos quedaríamos sin televisión, sin plataformas en streaming, sin los juegos online y las apuestas, sin ver los partidos de la Champions y -éramos pocos y parió la abuela- sin poder disfrutar de los aullidos de los YouTubers, instagramers, influencers y demás gilipollers. ¿Con qué se iban a entretener nuestros adolescentes? ¿Con libros? Seamos serios, más de uno pediría el exilio voluntario con tal de no tener que mantener una mínima conversación con su hijo adolescente.

Los grupos de rock comenzarían a ensayar canciones con guitarras acústicas y se verían obligados a cortarse las melenas -los que no sean ya calvos- porque sin luz no podrían tirar del secador de pelo para mantener vivo su pelazo. El fin del heavy metal provocaría que multitudes de inadaptados vestidos de negro pasearan a oscuras por las calles de toda España cantando los viejos himnos de antaño como juglares huérfanos de un Mester.

Podemos reírnos de estas hipótesis pero hay que tener en cuenta dos cuestiones relevantes. La primera, que el ejército austriaco ya acertó con su predicción de 2017 de la inminencia de una epidemia internacional que confinaría a todo el mundo. Y la segunda, que nada asegura que el hecho de que colapse el suministro eléctrico y nos quedemos todos en penumbra, vaya a implicar que las compañías eléctricas dejen de atracarnos cada mes como hasta ahora sin que el gobierno nos ampare. Así que pocas bromas con el apagón austriaco, amigos. Y muchas luces.

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