Hay una avalancha de noticias relevantes estos últimos días, a la sazón, la retirada oficial de Pau Gasol, el mejor baloncestista español de la historia; las nuevas coladas volcánicas de La Palma; la tercera dosis de la vacuna contra el covid-19 a los mayores de 70 años coincidiendo con la de la gripe o el acuerdo entre Pedro Sánchez y Yolanda Díaz de cara a los presupuestos generales del Estado, referidos a unas interesantes ayudas para fomentar el alquiler de los jóvenes. Han acordado también unas medidas que se definen como de un intervencionismo feroz respecto al precio del alquiler privado de las viviendas. Tan solo su anuncio ha hecho que salten como fieras los rivales políticos de la coalición de izquierdas. Eso sí, tiene razón el presidente del Gobierno: primero habrá que leer el anteproyecto, debatirlo y votarlo en el congreso, y luego rasgarse las vestiduras. Da un poco de respeto el asunto, en todo caso.

Sin embargo, la noticia que más me ha enamorado de entre todas las que, como digo, han surgido en estos últimos días, ha sido la del proyecto anunciado por el Ministerio de Igualdad de Irene Montero. ¿De qué trata? Por lo visto presenta un proceso sumarísimo (y rápido) para gestionar diferente tipo de comportamientos de sesgo sexual (o no tan sexual) dentro del ámbito laboral. En mi opinión es un brindis al sol electoral, un recordatorio de que doña Irene sigue ahí, más aún cuando la lideresa designada a dedo por Pablo Iglesias, la actual ministra de Trabajo, está on fire. Y pienso esto porque me da la impresión de que no hay un solo comportamiento de los recogidos en la nota de prensa del ministerio que no venga castigado en las legislaciones laborales o penales.

Hemos pasado de la penalización de los piropos gruesos -quién fuera tanga, etcétera- a la reprensión de lo que se han venido en llamar las "miradas impúdicas". Entiendo que ese concepto se referirá a ojeadas lascivas de intensidad excesiva y sin ningún tipo de reparo o pudor, pero qué sabré yo, que he tenido que buscar en la wikipedia cómo era eso de cogitationes poenam nemo patitur: nadie puede ser penado por sus pensamientos. ¿Y por sus miradas?

Tendríamos que analizar qué tipo de prueba habría presentarse para defender una acusación de condena por una mirada libidinosa realizada a una señora en el ámbito laboral. ¿Grabaciones en vídeo, testificales? Es probable. Pero me juego el pescuezo a que el 99% de las veces se obtendría una sentencia absolutoria por falta de pruebas (versiones contradictorias), así que imagino que la ministra Montero estará estudiando la posibilidad de que se instaure una carrera de ingeniería pericial sobre la intensidad de la mirada.

Es decir, igual que hay detectives privados y peritos calígrafos, podría plantearse la figura de un perito de la dirección ocular. Algo así como un señor que determine por medio del método científico si la mirada saltona de un tipo como Echenique o la chulesca de otro como Rufián puede esconder intenciones sexuales que atenten contra los derechos de una mujer. Y que lo defienda en juicios, después. ¿Lo ven fácil, verdad? Yo tampoco.

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