La noche caía sobre nosotros cuando los teléfonos móviles se dispusieron a agotar sus baterías a ritmo de WhatsApp. Llegaron los vídeos desde todos los puntos de la Avenida gaditana, ese carril sin alfombra roja que lleva al visitante a las Puertas de Tierra, reflejando inmensas lenguas de fuego en el vientre de una habitación del hospital Puerta del Mar. Tierra, Mar, Fuego. Elementales, querido Watson. El fuego tiene el don de la hipnosis, ya sea desde el hogar pleno de leña, en el interior del vaso de una chimenea de bioetanol o en el ósculo que regala a Marlene Dietrich un Zippo de plata. Miramos nuestro pasado entremezclándolo con el futuro en sus llamaradas, disfrutamos del bullir de sus colores, el aroma del humo que nos deriva al eterno especialista que es el recuerdo. Los vídeos muestran una habitación flamígera, la paleta de colores oscilando entre el rojo y el naranja, alguna exclamación, el terror, el miedo. Horror.

Luego aparece Radio Macuto y comienzan los chismorreos, ese oír campanas sin saber dónde tan gaditano (y español), y escuchamos anónimos audios de voz en los que gente con acento vecino nos cuenta la vida, obra y milagros de quien dicen un pirómano, de alguien harto de sufrir el Covid, de un enfermo que no consigue controlar sus impulsos. Qué sabe nadie. Lo de siempre, si agua lleva. Fuego, fuego en las ondas 5G. Vídeos, audios, una señora con hablares de sanitaria diciendo que no hay detenidos, que no, que es un enfermo de Digestivo con un estado confusional, que imagino es algo similar al Reino Unido, en el que el poder político se enlaza con el religioso: la prota de The Crown copa ambos.

Entonces aparecen los memes, encabezados por el inefable Fernando Simón, y la foto maestra de nuestro Julio González poniendo cara al presunto responsable, siendo conducido a Comisaría. "Pobre compañero el que esté de guardia hoy", exclama una letrada en un grupo de abogados. Pobres ingresados, pobres limpiadores, pobres auxiliares, pobres enfermeros, pobres médicos. Pobres todos. Qué horror. Y me planteo, abstrayéndome de esa hipnosis, de ese besar mesmérico que regala la imagen voluble y cálida de la flama que engulle un mínimo porcentaje de Residencia, quién será el puto responsable.

Gel hidroalcohólico y un mechero, leo por ahí. Que el estado confusional del individuo lo hace inimputable porque -perdónalo, señor- no sabe lo que hace. De hecho, la voz de la señora presuntamente sanitaria narra un episodio anterior que te puedes creer o no porque la voz no dice que se llame Macarena y acaben de pincharte la segunda dosis de la vacuna, sino que quizá venda verdades o quizás infundios. ¿Será cierto que en el pasado el anciano prendió una almohada en el mismo hospital? Quiero pensar que no, más que nada por aquello de la culpa in vigilando. El fuego hipnotiza la primera vez y quema la segunda. La tercera abrasa. Yo iba a hablar hoy de políticos pirómanos y me he encontrado, sin quererlo, con la ardiente realidad. Fuego en el cuerpo y cenizas en el corazón.

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