Análisis

Juan CArlos Rodríguez

El árbol de las Ilusiones... y la Navidad

Dice bien la plataforma Vive Chiclana: el "Árbol de las Ilusiones". Ese es el verdadero árbol de Navidad, árbol de esperanza, árbol para compartir, árbol en el que refulge la luz que simboliza al que ha de venir: el Niño Dios. Más allá de las campañas de promoción y la veta comercial, "árbol de las Ilusiones" es un nombre acertado para describir la Navidad y su árbol, que es mucho más que un adorno, más que un afiche, más que un producto. El árbol de Navidad -como el Belén- es un testimonio de fe. Todo en él está repleto de símbolos: es un símbolo en sí mismo que anuncia el nacimiento de Cristo y, ya nos dice, que morirá por nosotros.

El árbol, a diferencia del Nacimiento, es menos evidente: pero en él está presente toda una lección de ese simbolismo con el que los cristianos ha inundado desde hace siglos cada rito, cada signo, cada obra de arte. Y, sin embargo, hay quien lo exhibe como una decoración pagana, iluminado por supuesto. La luz, con los miles de bombillas led que nos llenan la calle en estos días, es sin duda una expresión festiva, pero, también, un testimonio religioso con su propio simbolismo, y no es menos válido porque lo ignoremos. Esa luz habla, como el Evangelio de San Juan de "la Luz del Mundo" que va a nacer, de Jesucristo.

Quiero desear a todos, lectores, amigos, familia, una Feliz Navidad. Y, como un Christmas, como una felicitación, voy a dibujar, voy a compartir, la historia del árbol de Navidad, ahora que se cumple, exactamente, 150 años desde que en España se plantó el primer árbol, que fue en 1870 en el madrileño palacio de Alcañices. La bruma legendaria lo asocia a Sofía Trobetzkoy, princesa rusa que se casó con el duque de Sesto, conocido como Pepe Osorio, uno de los principales adalides de la restauración de la monarquía con Alfonso XII. ¿Cuándo vendría el árbol a Chiclana? ¿Dónde apareció por primera vez? Quién sabe…

El árbol -el abeto- como tradición asociada a la Navidad cristiana nació en el norte de Europa, en Alemania, y es atribuido a San Bonifacio en torno al año 723. Y prendió sobre todo en la antigua Rusia. De hecho, Tallín (Estonia), en 1441, y Riga (Letonia), en 1510, se disputan de hecho ser las primeras ciudades donde se colocó un árbol de Navidad. Luego Martín Lutero (s. XVI) lo convirtió en rutilante estrella de la Navidad protestante al prohibir el iconográfico Belén. Pero el árbol creció hasta convertirse hoy en un feliz testimonio navideño de creyentes y no creyentes, sin fronteras, más allá de toda cultura. Hans Christian Andersen decía, por ello, que es un "radiante esplendor".

Ese esplendor es un testimonio porque en el árbol todos son mensajes del Evangelio: el hecho de que sea un abeto con su hoja perenne, su forma triangular que apunta al cielo, la madera del tronco, la estrella en su copa, las bolas -y sus colores, que remiten a las oraciones de Adviento-, las luces, su parpadeo, el chocolate que colgamos, los lazos rojos, los regalos, como el incienso, el oro y la mirra, que depositamos a sus pies. Elementos que el cristiano de hoy -y menos el que no lo es- apenas sabe reconocer. Y que conecta, además, con las antiguas religiones y sus árboles sagrados, mitos nórdicos y germanos, romanos, que también nos habla de la naturaleza y los excesos, del solsticio que marca el fin de la oscuridad y comienzo, de nuevo, de la luz. Todos esos signos que la Iglesia hizo suyos con el nacimiento, muerte y resurrección de Jesucristo.

El árbol cambia la casa, el salón, lo transforma, como la propia Navidad nos cambia el corazón. Y cambia también nuestras plazas. Es un árbol que habla del tronco del profeta David, la estirpe de Cristo. Es un árbol porque la madera, a su vez, prefigura la Cruz en la que murió, como la cuna del Belén es también de madera. Y es un árbol porque remite al árbol de la Vida plantado en el Paraíso, símbolo del pecado de Adán y Eva, pero también de la salvación que viene con el Niño que va a nacer. Ese que se describe en San Mateo como la Estrella de la Mañana. Por eso una estrella preside en lo más alto el árbol. La misma estrella que recuerda a la de Belén que siguieron los Reyes Magos.

Es un árbol perenne como la esperanza y la fe, que en su origen se adornó de manzanas rojas y nueces, la manzana de Adán y Eva -el pecado- y las nueces doradas que anuncian que florecerá la salvación. Hoy esas manzanas -rojas porque rojo es el color que recuerda la Pasión de Cristo- y nueces son las bolas que brillan. Brillan como el espumillón, que recuerda al Universo, la obra de la Creación. Brillan como la bombillas -antiguamente eran velas-, evidente señal del nacimiento de Cristo: "Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo", dice el Evangelio de San Juan. Luz que se enciende y apaga continuamente, porque recuerda a la Resurrección. Y también, como el sacerdote y poeta Pedro Casaldáliga manifiesta, por ello esta luz "es símbolo de alegría, de fiesta, de vida, de felicidad, de gloria. ¡Y Navidad es luz!".

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