El año pasado por estas fechas no conocíamos las fronteras. Los límites impuestos llegaron a la misma puerta de casa. No sabíamos que se nos venía encima un alud de asfixia y miedo. No lo sabíamos. Y de pronto el mundo quedó fuera, en pausa, a la espera de quién sabe qué. Y ahí estábamos, en el refugio de un hogar que se nos quedaba más pequeño por día, por semana, por mes que pasaba. Añorábamos el aire al que estamos acostumbrados, nuestro aire distinto, nuestros días azules y nuestro sol de la infancia, si recordamos a Machado y su añoranza del sur. Y siempre nos ha definido un azul distinto y una vida que reconocíamos. La tristeza, el aislamiento y la pérdida han sido mundiales, y se han dejado notar en los niños, sobre todo. La falta de ilusión. Aquí en el sur nos hemos vanagloriado siempre de celebrarlo todo, de brindar por todo, de arrancarnos por palmas y reírnos de nuestra sombra. Y nos sobrepasó el silencio en las calles. Prometo que no es la intención de este artículo ahondar, para regodearnos otra vez, en esos sentimientos que aunque sea más compartidos que nunca, no se han diluido del todo de momento. Pero se acerca la fecha de Andalucía que va a servir como pretexto para celebrar que podemos regenerar algo de luz, para que volvamos a crecer. Eso lo saben también los niños, en los que nos miramos. Van a vivir todo lo bueno. Seguro. Porque por aquí somos de celebrarlo todo y de arrancarnos por palmas. Es ese entusiasmo el que nos distingue del resto, muy lejos de los tópicos manidos y el marketing del acento como anuncio de cerveza. No somos frívolos, ni inconscientes, ni acomplejados tampoco. Justo por eso nos envidian fuera, ¿no? ¿O también es un tópico? Y sí, ya es la fecha de nuestra fiesta, la primera en una pesadilla que ya empieza a agotarse, y no queda otra que salir del letargo y cantarle al sol, que sigue ahí para nosotros, para derretir todo el hielo posible y ahuyentar los malos augurios. El año pasado no sabíamos que íbamos a echar de menos nuestro modo de entender la existencia. Por eso no hay mejor remedio que aferrarse fuerte a la identidad, también, lejos de iconos desconocidos e inservibles para los andaluces nuevos. Aferrarse a la identidad y a la responsabilidad que nos hace únicos y más fuertes, como nuestra capacidad de adaptación y aprendizaje. Feliz Día de Andalucía, aprovechemos para recuperar el aliento y tomar impulso, que las palmas suenen en el corazón, ¿por qué no? Sirva de balance y para ampliar la perspectiva, Sirva para cantarle al sol, barrer las hojas secas de los jardines y pintar de verde la cancelas. Porque lo que realmente nos salva de caer en cualquier abismo es la alegría.

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