Si tengo que elegir algo que me guste de este concurso tan hortera lo tengo claro: el calor. Disfruto viendo a esos tipos y tipas sudar la gota gorda, como si fuera una penitencia a soportar por haber apostado por un Carnaval en verano. Que se aguanten. Lo siento. Que penen por sus pecados achicharrados y que ensayen para lo que les espera en el infierno donde arderán cuando les llegue la hora. Y son torpes hasta para eso. Sabiendo las temperaturas que les esperaban muchas de las agrupaciones han optado por disfraces calurosos. Agua y ajo. Ni eso saben hacer. Qué se puede pedir a quienes llevan rimando guirigay con tangai y Cai desde hace 40 años. Salen de cantar y se les ve sudorosos, con la cara colorada pero no de sonrojo -ya me gustaría a mí- sino del sofoco después de berrear en el escenario cientos de obviedades que se repiten año tras año mientras el ¿respetable? les aplaude porque, claro, este año se perdona todo. Aunque canten letras que atentan contra la lengua española y aunque sus músicas suenen a grillo mojado y embadurnado en arena de los parterres de Canalejas. Pobrecitos, esforzados coristas, comparsistas, cuarteteros y chirigoteros que son los salvadores de este Carnaval de los demonios. Han dado un paso adelante para salvar la fiesta y son tratados como héroes. Qué no habría que hacer entonces con los que preparan una procesión magna en septiembre. Pero no, esta ciudad cateta idolatra a los mastuerzos. Qué pena.

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