Análisis

José pettenghi

Verano azul casi negro

Observo una veta onanista en esta ciudad, una incontenible inclinación masoca basada en añorar el veraneo de Cádiz. Casi se ha convertido en un género periodístico. Una rapsodia de nostalgia y el paleocostumbrismo, un amargo lamento: "Ah, aquellos veranos se han perdido".

Esa retroqueja nostálgica tiene un aire de reloj viejo, que sonaba para nuestros antepasados y que hoy aún pretende sonar para sus nietos.

Y no se enteran: nada es para siempre. Eran otras costumbres y otros tiempos, y algunos no se coscan o viven puerta con puerta con el pasado. Otros lo hacen con un afán diletante, pero ambos confluyen en llorar por las casetas de la playa o por el Trofeo, al que de repente le han diagnosticado que está moribundo. Vaya ojo clínico. El Trofeo está difunto desde hace mucho, aunque se mantenga en pie de chiripa. Tuvo sentido hace años, pero hoy es una incoherencia en un fútbol pervertido por el dinero, por no hablar de su sobresaturación televisada.

Da igual, esta añoranza del verano azul oscuro, casi negro, suspira por los Cursos de Verano de corbata y chaqueta blanca, donde Pemán alineaba a la intelligentsia -valga la redundancia- franquista. O los apolillados efluvios líricos de los Festivales de Verano. O el Día del Turista, en el que Skol repartía cerveza, o los croqueteos en el Vaporcito. El caso es gimotear por un pasado que no volverá, y que si desapareció es que se lo merecía. Pero de ahí a afear al Cádiz actual que ya no actúa Raphael en el Cortijo, que Di Stefano no juega el Trofeo o que Alcances ya no echa pelis de Buñuel, no sólo es interesado sino inútil.

Mira Alcances, aquel feliz invento de Quiñones, Angelines y Serafín, que quitó tanta hambre atrasada. Basó su éxito en un espíritu rebelde, inquieto, casi subversivo. Su primera edición en 1968 fue prohibida. Yo estaba allí. Pero hoy Alcances ya no debe pelear contra la azul oscura, casi negra, censura franquista. Hoy lucha por mantenerse vivo.

Cada época tiene lo suyo. Pero descuida, que acabarán añorando las barbacoas, aquel engendro sucio e incívico jaleado desde San Juan de Dios que producía suciedad negra y moscas azuladas.

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