Participo en una conversación de whatsap a muchas voces sobre el anuncio definitivo (en realidad, otro más) de la retirada de la estatua del general Varela de su emplazamiento en la isleña Plaza del Rey. Y compruebo que muchas veces, quizá la mayoría, en este país el debate popular sobre la Historia se limita al dilema entre borrarla, olvidarla o manipularla. En pocas ocasiones se pone el acento en lo para mí más obvio: estudiarla y como consecuencia, conocerla.

Para mi sorpresa, la opinión más extendida es la de "dejar en paz el pasado", adobada con detalles del mismo tenor, del tipo "a quién le molesta eso", "si la mayoría no sabe ni quién era ese hombre" y "para muchos será un héroe y para otro un criminal". Me siento incluso tentado de suscribir alguna de estos pareceres, sobre todo el que apunta a la indiferencia de la mayoría de los que pasan por su sombra sin ni siquiera preguntarse por la personalidad del general golpista homenajeado a caballo y apuntando con su dedo a la calle en la que nací. También me apunto al influjo nostálgico que supone pensar en la desaparición de una imponente figura ecuestre presente en las fotos de mi infancia.

Pero ¡ay! aparece la Historia. Comprendo la comodidad con la que se soporta la presencia de una estatua, que además como todas, embellece una plaza y parece cobijar tanto los juegos infantiles como servir de punto de cita para encuentros deseados. Pero un monumento es también algo erigido para servir de homenaje público a un personaje o acontecimiento histórico. Y en este caso ni el personaje, un reputado general que se levantó contra el gobierno democráticamente elegido, ni la sangrienta y larga guerra fratricida junto con el prolongado periodo de represalias que propició merecen ningún reconocimiento popular.

Consérvese la escultura, o todo el conjunto, en algún lugar para que sirva, junto con otros muchos elementos, al mayor conocimiento de una época infame y de una persona indudablemente histórica en la vida de San Fernando.

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