Los momentos de crisis nos traen también cosas positivas. En un entorno tan negro, donde la gente está cayendo a puñados por toda España y otros lugares del mundo, este confinamiento nos deja la solidaridad invisible de balcón a balcón; el disfrute con los hijos alrededor de una mesa y un juego sin tecnología por medio, algo que en la rutina diaria hemos abandonado por la falta de tiempo y la infinita agenda de actividades extraescolares; valorar que las personas que crees que están ahí para toda la vida no las puedes ver y las echas mucho de menos. Pero también se echa de menos el paseo cotidiano, la carrera que te sirve para desahogarte, la cerveza con los amigos en la terraza de un bar; los nervios en el estómago de una Cuaresma que siempre se hace más corta de lo que uno quiere, las vueltas a la cabeza y la división del mundo en palos y la emoción de los martes como hace muchos años.

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