La esquina del Gordo

El Valle de los Caídos

En el Madrid de los 60 se hablaba sobre todo de la cruz de ciento cincuenta metros

Entre las muchas estupideces que tuvimos que soportarle al mentecato de Zapatero -no tan gordas como las que soportamos al Resistente- hay una reciente y memorable: "La democracia daría un paso adelante si los restos de Franco salen del Valle de los Caídos".

Esto, aparte de carajotada sublime, me lleva a la primera vez que pisé aquel aparatoso lugar, muchos años antes de morir Franco. Ir al Valle no tenía entonces más atracción que la curiosidad. En el Madrid de principios de los sesenta se hablaba sobre todo de la cruz de ciento cincuenta metros de altura y de las esculturas de Juan de Ábalos, extremeño, republicano convencido, con la leyenda negra de haber sido amigo de Franco, lo cual, como otras tantas memorias historias, jamás fue cierta.

Lo cierto es que por aquellos entonces, ya digo, primeros sesenta del siglo pasado, la peregrinación obligada era El Escorial. No hay que olvidar que Felipe II, para el Régimen, fue el mejor rey de España de todos los tiempos, ¡puaf! Pero el Monasterio del Escorial, desde el punto de vista arquitectónico, es una maravilla donde el cuadrado es el módulo principal de la planta, circunstancia que desde dentro no se aprecia pero si se tiene el privilegio que yo tuve de verlo con la cátedra del arquitecto Chueca Goitia, llegando a espacios inaccesibles para los visitantes de piara, se llega a entender, incluso, la controvertida Historia de España.

Esta excursión para los provincianos que vivíamos en Madrid era obligada cuando los amigos y familiares llegaban a la capital, sobre todo en viaje de bodas. También lo era llevarlos al Florida Park, al Biombo Chino, al teatro de verso o de revista, según las preferencias. Bueno, claro, y a comer en alguno de aquellos restaurantes donde el cocido era el plato estrella, que no eran exclusivamente los que más tenedores exhibían en las puertas; recuerdo una tasca en el barrio de Chamberí… La amistad, la cordialidad y la cortesía obligaba a ciertas atenciones y, dependiendo de los compromisos, saliendo de Madrid, lo mismo ocurría con llevarlos a Toledo con su alcázar, Segovia y su acueducto, Ávila y sus murallas, Guadalajara y sus bizcochos borrachos. Pero volvamos al Valle de los Caídos de aquel tiempo.

Nada de arrebatos patrioteros: cumplir con los ritos, como estar en París y ver la torre Eiffel, Nueva York y el Empire State Building, Roma y el Coliseo, Sevilla y la Giralda o Granada y la Alhambra. Todo normal. Con esto quiero decir que Cuelgamuros fue, sobre todo, una curiosidad más en aquel tiempo que raramente se hablaba de política, si acaso al paso y como consecuencia de los Planes de Desarrollo, las devaluaciones de la peseta o los cachalotes que pescaba Franco a bordo del Azor.

Con todo esto no estoy afirmando que el Valle de los Caídos se equiparara al Parque del Retiro, pero que la estupidez que ha dicho el inane Zapatero sirve para calificarlo de una vez por todas, es un hecho a pesar de que ya estaba suficientemente demostrado. ¡Joder, qué tropa!

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