Lo de ver la paja en el ojo ajeno resulta aún más socorrido si, además, podemos añadir la coletilla de "cualquier tiempo pasado fue mejor". Lo mismo recriminamos a los adolescentes su adición al teléfono móvil -como si vivir pegados al Whatsapp fuera cosa solo de los nacidos con el milenio- que soltamos eso tan manido de "los niños de ahora no saben aburrirse".

Los adultos sí. Los adultos, los jóvenes y los no tanto, podemos echar una tarde tranquilamente en la playa, con un baño, un paseo y un rato de descanso en la arena. Podemos disfrutar del silencio en casa. Podemos dar un paseo, sin más. Aprovechar el verano para descansar, ver a algunos amigos y, si nos da el tiempo y el presupuesto, hacer un viaje.

Sin prisas, sin agobios. Sin que el verano parezca una competición para ver quién ha exprimido más el tiempo. Un concurso en busca de la puesta de sol más espectacular en el rincón más idílico de la mejor playa. Una yimkana que requiere probar el mejor tartar en un restaurante especializado en atún, el desayuno más completo (y además fotogénico) de esa cafetería tan chic, la tapa de toda la vida en el bar de toda la vida (porque la autenticidad también puntúa), y el mejor cóctel junto al mar. Montar en piragua, organizar una fiesta temática, comprar (y posar con) un flotador-flamenco y coleccionar pulseras de festivales de música. Practicar algún deporte. Y registrarlo. Iniciarse en el surf, o en el yoga. Leer varios libros. Subir una montaña. Llegar a algún punto del planeta que aún no hayamos tachado de nuestro mapa. Ver las estrellas. No. Montar un picnic nocturno con mantel de cuadros y copas de vino en un lugar elevado para ver las estrellas. Y si un día los planes fallan, entrar en pánico, sentir que estamos perdiendo el tiempo, que las vacaciones se escurren sin que hagamos nada de provecho con ellas. Eso sí que es saber aburrirse.

Hasta hace poco una vida se consideraba fructífera si nos había dado tiempo de plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Qué conformismo.

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