Pertenezco a una generación a la que se le ha robado el derecho a la tristeza y el enfado. Tampoco es que opusiéramos especial resistencia a tal hurto, más bien nos dejamos llevar por el camino de la falsa felicidad con la misma docilidad con la que las ratas siguieron al flautista de Hamelín. Ellas abandonaron la ciudad, nosotros nuestra capacidad de sentir.

Todavía recuerdo cómo fue la aparición del gurú de la felicidad en nuestras vidas. Se hacía llamar Señor Maravilloso y maravillosa era su campaña de marketing. Frases almibaradas que llevaban a la estratosfera los índices de positividad y optimismo decoraban libretas, estuches y mochilas. Y no hay nada que más nos guste en el mundo que una buena frase pastelosa decorando cualquier objeto que previamente hayamos comprado en un establecimiento. El señor de los mensajes positivos se fue colando en nuestras vidas y, como en cualquier religión, poco a poco empezaron a florecerle los seguidores. Toda una legión de personas positivas empezó a poblar la Tierra y los mensajes optimistas proliferaron como las cucarachas en verano. Todo se antojaba idílico, los osos amorosos habían bajado de las nubes y habitaban entre nosotros. Felicidad máxima. Hasta que a algún pobre desgraciado le tocó tener un día de esos que Audrey Hepburn pintaba de rojo en Desayuno con diamantes. Tan adoctrinado estaba con su nueva religión que, cuando quiso sacar los pies del tiesto y lanzar un par de improperios, su propia comunidad no le dejó.

Ya no puedes enfadarte, tener problemas (aunque sean de esos que para el resto del mundo son insustanciales) y querer llorar por ellos. Ante tu posible desahogo, siempre habrá un iluminado que restará peso a tu situación con frases del tipo: "Lo que hace grandes nuestros problemas es la atención que les prestamos; la solución está en camino" o "El Universo es interminable y, de alguna u otra forma, todo va a estar bien". Et voilà, la solución a todos tus dramas estaba escondida en un sobrecito de azúcar y tú sin saberlo. Porque mandar al cuerno de África a todo el que se cruce contigo o llorar viendo Los puentes de Madison mientras piensas en tu patética existencia es de perdedores y a nadie le gusta perder cuando puede vomitar unicornios y arcoirís como solución a todos sus males.

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