DIARIO DE CÁDIZ En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Al leer sobre la peste que asoló Europa en la Edad Media en un libro de narrativa, me tambaleo. Reconozco que la experiencia que estamos viviendo, me acerca a ese pasado y hace que me pregunte, ¿cómo nos juzgarán? ¿Qué contarán de nosotros en el futuro?

Y como estamos hartísimos de oír maldades, permítanme acercarles otro punto de vista.

Creo que las personas que experimentaron la pandemia del coronavirus, casi sin darse cuenta, empezaron a creer. Daba igual que, en sus vidas anteriores, se hubiesen declarados ateos convencidos, irreverentes o apáticos del tema religioso. Que fantasearan con echadores de carta o supersticiones.

Jamás fueron más creyentes que cuando trataron de impedir que el demonio de la tristeza se apoderara de sus hijos. Les recuperaron narraciones y cuentos de héroes que nunca perdieron la esperanza… Y cuando los niños se sumergían en el silencio, hubo hasta quienes vaciaron habitaciones, para que jugaran a la pelota simulando parques, porque en los parques de verdad, bailaban las sombras.

La desaparición de tantos ancianos hizo que todos se preocuparan más de sus mayores y, con las nuevas comunicaciones, los animaban para hacerlos sonreír.

Cada atardecer, las personas salían a los balcones de sus casas para aplaudir a los auténticos héroes de esos momentos y reconocieron a sus vecinos, antes invisibles. En los pueblos y ciudades, desde algunas ventanas melómanas, sonaban instrumentos ahuyentadores de penas. Y el que sabía cantar, cantaba, y el que podía leer, leía, encerrando sólo su propia timidez.

En este tiempo aprendimos que unidos, sacrificados y disciplinados, ─ palabras olvidadas─, podríamos recuperar los espacios perdidos. El cariño creció. Se explayó porque los padres alentaron la sonrisa de sus hijos. Y los mayores, ─ los abuelos también somos padres─, fingían estar contentos desde la distancia para no preocuparlos.

Como testigo, confirmo que nunca el Amor fue más real que cuando los hombres tomaron conciencia de que sobreviviríamos haciéndonos piña. Por eso daba igual lo que, cada cual, alguna vez, hubiera declarado como creencia. Se hizo verdad el “amaros los unos a los otros”, aunque ninguno supiera la realidad que suponía esa transformación o no quisiera reconocerla.

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