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Los colores van cambiando, las ropas también, todo evoluciona hacia esos meses menos apacibles en los que el marrón y la sombra sustituyen a los alegres colores del verano y su luz. A pesar del cambio climático, de la alteración de las estaciones, de los cambios a destiempo, el frío, el eterno frío, siempre llega a la ciudad.

Pasear bajo la fina lluvia o arropado innecesariamente hace que veamos el entorno de otra manera. Y así, poco a poco, lentamente, nos vamos acercando al inicio de ese final. A pesar de ello, y negándome a mencionar la palabra anglosajona tan de moda ahora es tiempo de muertos, de castañas, tiempo de nueves y hojas en el suelo.

Nuestros muertos son elegantes, a lo Don Juan Tenorio. La sangre, de tan mal gusto, se torna en los blanquecinos colores de quien no tiene sangre en las venas. No tenemos zombies, ni brujas, ni hacemos truco o trato, y a pesar del arraigo aún hay quienes viven el recuerdo de sus seres queridos sin el animo de esa fiesta de importación.

Tratar de negar la evidencia es absurdo, renunciar a las modas, criticar a quien vive la fiesta o maldecir a quien se disfraza es de mal gusto. Prefiero hacer la llamada, esa llamada al mas allá, encontrar el punto divertido, animar a compaginar la calabaza con la castaña o la nuez y animar a que alguien prefiera esos disfraces imperiales de la edad de oro a los harapos de los muertos vivientes.

Quizás alguien lo reviva y en lugar de animar a colocar calabazas en las puertas anime a adornar la mesa con una buena fuente de frutos secos. A lo mejor algún local se anime a revivir aquellos años de tosantos, difícil dado aquel carácter tétrico de aquellos actos y representaciones… quien sabe, a lo mejor este año, en lugar de lugar de tanta noche de los muertos vivientes, a alguien se le ocurra el épico duelo entre las Brujas de Salem y Don Juan Tenorio.

Yo seguiré quedándome con el Don Juan, mas español y bizarro, a pesar de que las medias y los calzones sean un pelín ridículos. Aun así, feliz haloguin a todos y si no hay disfraces, al menos que no falte el centro de frutos secos en cada casa, una tradición más sabrosa que la de la calabaza hueca.

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