Análisis

Paco Carrillo

Tiempo de buenos propósitos

Einevitable. Cada año por estas fechas aparecen las oportunidades para coleccionar libros de literatura clásica -Séneca, Platón, Aristófanes, Lope y en ese plan-, fascículos para toda clase de actividades y entretenimientos caseros que, oiga, a la larga pueden proporcionar algunos ingresos extras: pastelería, macramé, crochet, marquetería… ya sabe, manuales didácticos para que el aburrimiento del monotema político no termine por hundirnos del todo.

El año pasado hice un curso de cortador de jamón. No pude terminarlo por el alubión de personas se apuntaron a lo mismo; ni los monitores daban abasto. Me borré. Bueno también, todo hay que decirlo, porque me faltaba materia prima. En el tiempo que estuve practicando, a razón de tres jamones diarios, la cosa salía por un ojo de la cara. Este año estoy dudando si empezar uno de jota zamorana, de hacer zuecos de madera, o coleccionar escarabajos y lagartijas en metacrilato. Me digo cómo se puede ir por la vida sin conocer apenas estas curiosidades básicas. Así pasa luego que nombran Director General de Sanidad a cualquiera que ni sabe distinguir un enema de un edema, y así nos va.

Servidor, en esto de los fascículos, lo confieso, soy un fiera. Tengo más de cien todavía plastificados en el cartón donde sirven el primer número. Baratísimos, oiga, después suben de precio cuando solo te dan el libro, sin el cartón con las virtudes mágicas que nos proporcionaría la constancia y esto, la verdad, desanima mucho, por eso digo que puedo ser un coleccionista ejemplar de primeras entregas, que ya es algo, peor es creerse los fundamentos ideológicos en los que se apoyan los que quieren vivir del cuento, que esos sí que superan a los cortadores de jamón.

No se crea. Caso de que no prosperara mucho con la jota zamorana y no tuviera castaño suficiente para las almadreñas (¿no pretenderá que las haga de pino, verdad?, a pesar de que para usarlas a diario dan el pego), entonces intentaría ser un virtuoso de la cocina deconstruida; eso de meter un cocido maragato en una copa de champán debe ser una gozada. Sí, ya sé que ambiciosos con esas tendencias son multitud -como los ideólogos-, pero como lo principal para los cocineros de hoy no es siquiera la materia prima, sino el cariño, y servidor, de cariño… ¡como el que más! Sin exagerar puedo afirmar que más que cariño es amor, ensoñación… me atrevería a decir hasta encoñamiento, vamos lo mismo que sienten los pinchapedos cuando se les habla de algún carguillo remunerado.

Pero a lo que voy, a que tenemos al alcance de la mano miles de saberes esperándonos, de pensamientos positivos, de buenas intenciones que solo dependen de uno mismo y rezando para que estas actividades no las capten los de siempre para incluirlas en sus programas políticos. Sería la muerte incluso para los infalibles, esos para los que no existen más verdades que las suyas, esos que, desde hace mucho tiempo deberían haber practicado las bondades del macramé y de tomar tila. Mucha tila.

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