Análisis

Antonio morillo crespo

Sueño de una noche de verano

Sí, ya sé que es el título de una comedia de Shakespeare, en la que se narran los amores de Lisandro y Hermia, obligada a casarse con Demetrio, bla, bla, bla. Pero yo también he soñado una noche de verano. Todos soñamos, que soñar es libre, una veces felicidad y otras tormento.

Tendido en la arena, mirando el firmamento ancho universo cuajado de estrellas (magnífico espectáculo y sin costar un duro) al fresco de la noche, me quedo soñando al arrullo de las pequeñas olas sobre la orilla… Es uno de los grandes placeres de la vida, parece que uno va en las alas de la imaginación volando por entre las galaxias.

Y soñé que los delfines querían salir del mar, ellos, superinteligentes, decían que, al igual que las tortugas lo hacen siendo más torpes, que querían disfrutar del sol. Saltaban y brincaban sobre las espumas de las olas formando corros y lanzando silbidos espectaculares. Tristemente yo no podía hacer nada….Y luego soñé que la Luna grande, redonda, luminosa daba vueltas a la Tierra, y el Océano, al conjuro, se retiraba mar adentro muy adentro, dejando descubiertos los fondos, los roqueos, las praderas de algas…se veían centollos y ortigas y hasta algún pulpo desorientado en los arenales. Y soñé que las pateras cambiaban de rumbo e iban de esta costa hacia África, como ocurrió alguna vez, fugitivos, en épocas revolucionarias hispanas de otros tiempos. Recordaba que hasta yo en la triste noche de Tejero en el Congreso, pensé en huir a Marruecos en un barco de algún amigo barbateño. Y soñé, cosas de ahora, hasta que en vez de exhumar los restos del Franco en el llamado Valle de los Caídos, llevaban allí los restos de Largo Caballero, Negrín, Azaña, la Pasionaria y Santiago Carrillo, para que juntas sus cenizas en el más allá, quedara resuelto el largo conflicto de la Guerra Civil, los odios, las represalias, los crímenes irredentos.

P/D. Pero de aquel plácido sueño no me despertó la pócima mágica del rey de las hadas, que Shakespeare puso en su comedia a los amantes del bosque, sino una nube de mosquitos -¡la plaga del verano!- que me asaetaron como crueles liliputienses, como si yo fuera un nuevo Gulliver arrojado a la playa por las olas.

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