Comienzan las buenas noticias. Sí. No es que tenga resaca de moscatel. Es que tengo la corazonada de que la llegada del honorable Joe Biden a la Casa Blanca nos va a cambiar la vida. Yupi. Y además me parece algo esperanzador que tenga a Kamala Harris a su lado. Ah, y lo de la vacuna, aunque haya reticencias y haya que mantenerla muy fresquita. Todo mejora. Solo falta que las UCIS empiecen a vaciarse por curaciones en masa y que lo de la varilla en la nariz sea un mal recuerdo. Si les extraña mi ataque de positividad, váyanse acostumbrando, pues ya hay bastantes motivos para llorar, entre ellos, que nos hayan quitado la noche como el gran Juanjo Téllez afirma, o que nuestra identidad de bar, apretones de manos y besos se vea mermada y deprimida. En fin. Que ya vamos saliendo. Háganme caso. Pronto recordaremos cuando íbamos por la calle como ninjas, enmascarados y sigilosos entre castigos perimetrales y toques de queda, o llegábamos a lo justo a casa con la policía en los talones (a mí no me ha pasado aún, pero debe ser excitante) y la angustia que sentíamos al no poder cruzar por el puente nuevo ni de Cádiz para allá ni para acá. Horror incomprensible sobre todo para los que se quejan de la perimetralmanía de la Junta y nunca salen de su barrio, a no ser que vayan a Ikea. En breve los negacionistas van a aburrirse y tendrán que aferrarse a alguna teoría conspiranoica nueva, a no ser que al final descubramos que esto ha sido un Gran Hermano colectivo y que es cierto que hay unos cuantos listos en atalayas camufladas carcajeándose del pánico ante el apocalipsis vírico. Todo esto generará mucho material para tesis doctorales de toda índole y alimento abundante para guionistas. No hay mal que por bien no venga. Aunque les confieso que si tengo que elegir algo, o identificar qué ha sido lo mejor para mí, quizás les sorprenda mi respuesta: los ojos de la gente. Y evoco la letra de la canción de Golpes Bajos en la que los dan miedo porque siempre mienten. O no. Paradójicamente, sin boca hemos logrado comunicarnos mejor. La mirada ha cobrado protagonismo absoluto y dejamos que el alma salga a la ventana para respirar. Y es que siempre me han resultado inquietantes aquellas personas que jamás sonríen, aunque muestren los dientes en amplitudes impostadas. Esas personas en la que nunca coincide la información de la parte superior con la inferior de la cara causan confusión, y es curioso, pero desde que nadie tiene rostro completo, es más fácil distinguir los que son más o menos fiables. Y todo esto que les cuento es para llegar a la conclusión de que a pesar de todo hay belleza en ese esfuerzo que hacemos para expresar qué sentimos. ¿Ven? Todo mejora. Y cuando todo acabe, hay que celebrar que hemos sanado y hemos aprendido a sonreír desde dentro, a sonreír con los ojos.

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