Si en el Falla se escuchan verdaderas barbaridades en contra de la religión católica (qué curioso, ninguna contra la musulmana), lo de la calle es de juzgado de guardia. No es que yo salga a escuchar a las llamadas ilegales, faltaría más, sino que Eduardito, uno de mis sobrinos, monaguillo en tres parroquias y acólito de cuatro pasos, me pone al corriente de lo que se canta en la calle. "Tía, prepárese la tila", me dice cada vez que quiere enseñarme en su tablet algunos videos de estos grupúsculos callejeros. Yo me armo de valor, todo sea por tener argumentos críticos basados en realidades para escribirlos en esta columna. Lo de este año no tiene nombre. Amparados en la libertad de la calle y en que el carnaval callejero es muy canalla (en el más estricto sentido de la palabra diría yo), estos individuos e individuas (vaya boquitas las de ellas, descaradas farotas) se dedican a poner a parir a los curas, que según sus mentes enfermas todos son unos delincuentes sexuales. Y a la Iglesia, de ladrona para arriba. Faltando a la verdad, claro está. El lenguaje que utilizan no puede ser más soez. Y luego estos callejeros van de cultos, de que están por encima de todo, hasta del Concurso Oficial, en el que por cierto más de uno se estrella cuando quiere dar lecciones. Pobres ovejas descarriadas. La mayoría fueron alumnos de colegios religiosos. ¿Tan mal os trataron allí? Lo dudo mucho. Fueron los años más felices de vuestras vidas. Y lo sabéis.

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